FMLC participa en la «IV Jornada de atención al niño que no se cura»

El próximo 20 de mayo, Guadalajara acogerá la «IV Jornada de atención al niño que no se cura y a la muerte en Pediatría». Esta nueva edición volverá a contar con la intervención de Sara Losantos, responsable de Psicología de Duelo en FMLC. Una jornada en la que los participantes volcarán sus conocimientos y experiencia para profundizar en la importancia de la atención en el sufrimiento ante la pérdida de un niño menor.

El evento está organizado por la Sociedad de Pediatría de Madrid y Castilla-La Mancha (SPMyCM). La cita contará con un amplio abanico de expertos procedentes de diferentes especialidades y colectivos, como la Psicología, Medicina, Musicoterapia, asociaciones de padres, payasos de hospital, etc.

Desde diferentes prismas cada uno de ellos aportará sus conocimientos y trayectorias personales, con el propósito de fomentar la concienciación y el aprendizaje. Será una experiencia enriquecedora, en la que las contribuciones de los asistentes se conviertirán en herramientas imprescindibles en la formación de los profesionales socio-sanitarios.

Conocimiento y visión multidisciplinar

La psicóloga Sara Losantos participará con la ponencia «Se puede superar la muerte de un niño» en una mesa redonda que comenzará a las 18:45 horas. Junto a ella estarán la musicoterapeuta Carla Navarro y Montserrat Nieto, jefa de UCIP del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Todas ellas brindarán un enfoque multidisciplinar en el recorrido de una realidad compleja y de gran impacto emocional, que asola a las familias y al entorno de quienes sufren la pérdida de un niño pequeño.

Tras las restriciones motivadas por la pandemia de Covid-19, esta cuarta edición recuperará su formato presencial, aunque también se mantiene la posibilidad de asisitir on-line. En ambos supuestos, la inscripción incluye el acceso en diferido al contenido de las sesiones.

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Turkana: Cuando la sequía te impide ir a la escuela

En la comunidad rural de Todonyang no es raro encontrarse con largas hileras de mujeres y niñas caminando por las áridas llanuras que conforman el paisaje natural de esta zona. Sostienen bidones de plástico en sus cabezas o brazos y sus túnicas de estampados brillantes ponen una nota de color en el horizonte arenoso. Buscan agua fuera de su poblado para llevársela a sus familias: una labor cada día más difícil.

Los 340.000 habitantes del distrito de Turkana, situado al noreste de Kenia, están acostumbrados a la vida dura. Más del 70% vive por debajo del umbral de pobreza y su principal actividad económica es el pastoreo seminómada, que los obliga a trasladarse periódicamente junto a su ganado en busca de pasto. Las disputas por los recursos acuíferos son a menudo causa de tensiones entre las tribus que habitan esta zona, los Turkana y los Dassanech.

Tradicionalmente, el clima de esta región se caracterizaba por alternar sequías periódicas con dos temporadas anuales de lluvias que ayudaban a paliar la escasez de agua. Sin embargo, en las últimas décadas las temperaturas medias máximas y mínimas de Turkana han aumentado entre 2 y 3 grados, alterando los patrones de lluvia. Esto, unido al establecimiento de una megapresa en la frontera con Etiopía y los sistemas de irrigación de numerosas plantaciones de azúcar, no ha hecho sino mermar todavía más las reservas de agua de la población.

Un tesoro bajo tierra

Las consecuencias de estos cambios son devastadoras para los habitantes de Turkana: los pastos se reducen, las fuentes se secan, crecen los enfrentamientos entre las tribus y las mujeres -tradicionalmente encargadas de recoger agua- cada vez tienen que recorrer distancias más largas para abastecer a sus familias.

Las niñas, que a menudo ayudan a sus madres en esta tarea, acaban abandonando la escuela para dedicar días enteros a esta búsqueda infructuosa. Y la falta de agua no tarda en provocar la aparición de enfermedades y problemas de saneamiento e higiene personal en las comunidades afectadas.

Irónicamente, aunque Turkana es actualmente la región más pobre de Kenia, bajo su superficie esconde un verdadero tesoro, ya que cuenta con enormes reservas subterráneas de agua dulce. Descubiertos hace ya nueve años, estos yacimientos aún no han traído prosperidad al distrito, ya que para acceder a los acuíferos se requieren labores de prospección demasiado complejas que las tribus locales no pueden llevar a cabo sin ayuda.