Aprendizajes sobre el duelo (I)

Pilar Pastor, psicóloga de FMLC

 

Un proceso tan duro como el duelo conduce al ser humano a lo más profundo de su existencia, y es ahí -en ese espacio donde nos adentramos con miedo a destruirnos y que sólo parece contener una nube de desconocimiento- es donde encontramos las certezas y aprendizajes más valiosos.

Sin duda este tema da para escribir muchas páginas, por este motivo, este es el primero de una serie de artículos que elaboraremos sobre estos “lotos” que se pueden encontrar en la andadura del camino del duelo: tanto los que me han transmitido, como aquellos de los que también he aprendido como testigo y han ido formando parte de lo que sé.

A lo largo de mi carrera profesional como psicóloga que acompaña a personas en duelo he aprendido muchas cosas, algunas de ellas importantes para desentrañar este proceso. Me parece oportuno ponerlas al servicio de todo aquel que esté interesado en incorporar conocimientos sobre este tema, sobre todo para que otros profesionales puedan aprovecharlos, para difundirlos y que su efecto pueda multiplicarse y beneficiar a más personas.

Por otro lado, lo que sé no me pertenece: le pertenece a mis pacientes, que confiaron en vivir su experiencia junto a mí, me confiaron sus temores y sus inquietudes, me dejaron ser testigo de sus vivencias y acompañarlas. Hoy esas vivencias me han permitido llegar a algunas conclusiones y esas conclusiones se han transformado en aprendizajes. Estos son sólo algunos de ellos:

No resistirse a las fuerzas que intervienen en el duelo

De los aprendizajes más importantes, este lo considero el principal. En el duelo intervienen fuerzas y hay que saber aprovechar la inercia de dichas fuerzas y no resistirse. Por un lado, el duelo como proceso genera una fuerza que es casi animal, es salvaje y arrolladora. Esta fuerza invita a sumergirse en las emociones que trae el proceso: la tristeza, el miedo, la soledad o el vacío. Estas emociones pueden ser incómodas de vivir, pero no son dañinas, sino que conforman el camino de baldosas amarillas que nos conduce al final del proceso.

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Superar el duelo: Lo que no se puede contar

Sara Losantos, psicóloga de FMLC

 

© MalagónSiempre he pensado que el alivio en el duelo tiene que ver con nombrarlo, con hablar de ello. Shakespeare lo expresaba de una manera más poética cuando decía: “Dad palabras al dolor, porque la pena que no habla murmura en el fondo del corazón y le invita a romperse”. Lo que ocurre es que a menudo el dolor se silencia y hay cosas que no se pueden contar, ya sea por temor al reproche social, por temor a resultar “pesados” o por vergüenza.

El duelo está lleno de secretos, de tabúes y de juicios. Y todo eso que se calla, que se silencia, todo lo que se esconde acaba generando mucha soledad. A lo largo de nuestra experiencia en terapia, nos hemos encontrado con distintas situaciones y escenarios, que describimos a continuación.

Duelos que a menudo no son reconocidos

  • – Cuando la pérdida se produce tras un suicidio, a veces la familia oculta esa información para no “dañar” la imagen de la persona que ha fallecido, en un intento de evitar un juicio social. Por lo tanto, esa parte que tiene que ver con cómo se ha producido la muerte y que en ocasiones encierra tanto dolor, no puede ser contada ni explicitada. Es un dolor que no se legitima, no se escucha y se queda enquistado.
  • – Cuando se pierde a una pareja que no estaba socialmente reconocida, ya sea una relación con una persona casada, o una relación con una persona del mismo sexo. Al no haber hecho pública la relación, el entorno no comprende la pérdida y, por lo tanto, no atiende ni tampoco entiende el dolor de esa persona.
  • – Otro caso es el de las personas que han perdido a un progenitor, o incluso a un abuelo, cuando ya era “muy mayor” o estaba muy enfermo. Con frecuencia estas personas se encuentran con mucha incomprensión por parte de su círculo más cercano. Les dicen que es ley de vida, o que es mejor así, o que no deberían llorar pasado cierto tiempo… y, sin embargo, el dolor no desaparece. Estos comentarios hacen que los dolientes se sientan rechazados y acaben por omitir esas sensaciones o esos sentimientos, encerrándose en una coraza en la que se sienten profundamente solos, dado que no pueden mostrarse tal y como están en ese momento.
  • – También puede darse el caso de dolientes que pierden a una ex pareja con la que seguían manteniendo algún tipo de relación. Esto ocurre incluso cuando ha habido situaciones de malos tratos o abandono, por lo que el hecho de que la persona sienta dolor en lugar de alivio resulta todavía más incomprensible para el entorno.
  • – Esta incomprensión también la he detectado en los casos de pérdidas perinatales. Algunos de nuestros pacientes en esa situación han tenido que escuchar cosas del tipo: ¿Cómo te puede doler tanto, si ni siquiera lo conociste, si no le viste nunca, si puedes tener hijos, si hay gente que no tiene hijos y es feliz?

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Los derechos del niño en duelo (I)

Patricia Díaz, psicóloga infanto-juvenil de FMLC

 

Cuando tiene lugar una muerte en la familia, es importante que consideremos algunos derechos que tienen los niños en duelo. De este modo, no invadiremos su espacio personal, ni les atosigaremos o trataremos de guiarles por un camino más rápidamente de lo que ellos necesitan.

Estos derechos también pueden sernos de utilidad para no enfocar el proceso de duelo infantil de la misma manera que el de un adulto, ni basarlo en nuestras necesidades o en lo que imaginamos que los niños necesitan.

1. Tengo derecho a tener mis propias emociones y sentimientos sobre la muerte

Tras sufrir una pérdida puedo sentirme de muchas maneras, no hay una única forma de reaccionar: puede que tú esperes que llore y a mí, en cambio, esas lágrimas no me salgan; puede que me enfade o me sienta aliviado; habrá otras veces que me quedaré inmóvil, sin saber cómo reaccionar; o que espere a ver tus reacciones para saber lo que se espera de mí, pero todas son válidas.

Recuerda que nadie puede saber exactamente cómo me siento, porque mis emociones y sentimientos son míos y, por lo tanto, únicos. Así que, aunque creas saber lo que me pasa, trata de no adivinarlo, no lo compares con cómo te sientes tú o con cómo crees que me estoy sintiendo, porque eso me va a cohibir y hará que piense que existen formas mejores que otras de sentir o de emocionarse.

Si quieres, puedes acercarte y preguntarme cómo me siento. Puedes poner ejemplos usando palabras como: “Crees que lo que sientes se parece a…”, pero evita decirme cosas como “A mí me pasa lo mismo que a ti” o “Sé perfectamente cómo te sientes”, porque esas frases me hacen daño y me orientan hacia sentimientos que a lo mejor no tengo.

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