Factores que bloquean el proceso de duelo

Sara Losantos, psicóloga de FMLC

 

© MalagónNormalmente, en los artículos de este blog abordamos estrategias para elaborar adecuadamente el duelo, o comentamos las últimas novedades de diagnóstico o tratamiento de este proceso a nivel clínico. Hemos llegado a comentar casos clínicos e incluso a recomendar películas que transmiten mensajes valiosos sobre la superación del duelo.

Sin embargo en esta ocasión hemos querido dar a este artículo un sentido distinto. Existe una única razón para hacerlo, que justifica suficientemente el cambio de perspectiva: es más sencillo resolver un duelo que complicarlo.

El duelo como proceso natural

Lo más común es que el duelo se resuelva de una forma casi espontánea o, al menos, intuitiva. El ser humano es extraordinariamente fuerte y está capacitado biológicamente para superar la pérdida de un ser querido. No conocemos los límites del ser humano hasta que los ponemos a prueba. De hecho, como hemos comentado en anteriores artículos, las cifras al respecto no mienten.

La Organización Mundial de la Salud estima que alrededor de un 90% de las personas que experimentan la pérdida de un ser querido atraviesa un duelo sano. Esto quiere decir que sentirán dolor, por supuesto, pero que lo superarán sin necesitar ningún tipo de intervención profesional. Con estos datos, es fácil llegar a la conclusión de que casi no se necesitan normas para elaborar un duelo, pero sí viene bien saber qué comportamientos contribuyen a dificultarlo.

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Superar el duelo: Cómo afrontar el vacío de la pérdida

Pilar Pastor, psicóloga de FMLC

 

© MalagónSi hay una imagen que describa la sensación cuando nos enfrentamos al duelo y a la pérdida es la del vacío. No es una mera representación, sino una sensación sentida, real y llena de significado.

La sensación de vacío es una de las sensaciones más habituales en el proceso de duelo. No sólo por el espacio real y físico que queda a diario tras la muerte del ser querido, sino también por el espacio emocional interno que queda en el doliente. Este vacío es emocional, racional, de significado, de día a día.

El duelo y la huella vital

Cada persona que forma parte de nuestra vida influye en nosotros a muy diversos niveles, dejando una huella vital. Cuando alguien fallece, deja un espacio vacío que es el factor más evidente para el doliente durante las primeras etapas del duelo. Parece como si ese vacío lo ocupara todo.

Es el momento en que el doliente tiende a estar más con su dolor, a aislarse del mundo y a permanecer en este vacío vital. El doliente se aferra a ese vacío para permanecer en mayor contacto con el fallecido. Al principio, es una reacción instintiva y necesaria, que ayuda al doliente a estar con la realidad de la ausencia, hacerse a la idea de lo sucedido y permanecer con el dolor.

Aceptación de la pérdida

Conforme se va elaborando el proceso de aceptación -que implica ser conscientes y aceptar que el difunto ha dejado ese espacio que nadie va a poder rellenar-, el doliente puede ir haciéndose cargo de esta sensación emocional y física, sintiendo que la carga ya no va siendo tan pesada y volviendo a conectar con su fortaleza.

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La sobreprotección de los hijos tras la pérdida de un ser querido

Patricia Díaz, psicóloga infanto-juvenil de FMLC

 

 

Cuando tiene lugar la muerte de un progenitor, es habitual que el padre o la madre superviviente desarrolle cierto temor a que le ocurra algo malo a su hijo, o hijos. Si además el fallecimiento ha ocurrido de manera inesperada -ya sea debido a una enfermedad repentina, una muerte súbita o un accidente-, esto impide que la familia se adapte y realice con antelación los ajustes pertinentes en la estructura familiar para afrontar los cambios que conllevará la nueva situación.

Una pérdida inesperada no deja que se adapten el entorno, los cuidados, ni las rutinas en el seno de la familia. Así, tras una situación tan traumática, es común que los progenitores se sumerjan en una espiral de sobreprotección, que suele tener consecuencias nefastas.

Estos son ejemplos de situaciones comunes que se dan en las familias tras la muerte de uno de los progenitores:

  • Dormir con el niño, bien en la cama que era del matrimonio o en la del propio niño. Es habitual que el progenitor superviviente se sienta solo y triste, y piense que el niño también lo está. También es común pensar que así van a estar más vigilados y protegidos en caso de que ocurra algo. Sin embargo, la realidad es justo lo contrario: los niños necesitan mantener sus hábitos y rutinas, necesitan autonomía y, si dormimos con ellos o les permitimos que duerman con nosotros, habremos generado un gran problema. Será difícil convencerles más adelante de que vuelvan a su cama. O, incluso, será muy difícil conseguir intimidad si aparece una nueva persona en la vida del adulto.

  • Dar al menor un papel muy relevante, casi a la altura del progenitor fallecido. Esto ocurre cuando hablamos al niño como si fuera el responsable, el cabeza de familia. Emitimos mensajes como “Sólo nos tenemos el uno al otro”, “Eres lo más importante para mí”, “Ahora eres el hombre de la casa”, “Tienes que hacerte un hombre”, etc. Dar a los niños más poder del que deben tener por su edad los convierte en algo tiranos y luego es muy difícil intentar ponerles normas o límites.

  • Informar al niño de dónde estamos en todo momento para tranquilizarle. Podemos coger la costumbre de decirle al niño en dónde vamos a estar para que se quede tranquilo: con quién vamos, a dónde vamos, cuánto tardaremos… Esto trae como consencuencia que el niño pregunte siempre de manera inquisitorial dónde vamos, con quién… en un intento de controlar nuestra vida. Cuando, pasado un tiempo, ya no necesitemos -ni queramos- que el niño sepa lo que hacemos siempre, será difícil explicárselo y el menor se habrá vuelto muy controlador, extendiendo esta conducta al resto de las personas de su confianza.

  • Dejar de salir por miedo a que el niño se quede solo o note demasiado nuestra ausencia: Al principio es una reacción normal, los planes sociales no apetecen igual tras una pérdida. Más adelante queremos proteger a los niños de la soledad y nos quedamos en casa. Pero, cuando ya queramos salir, no se puede porque los niños se han hecho miedosos y su rutina es que estemos con ellos, así que es más costoso recuperar la normalidad en nuestra vida. Lo ideal es que el niño entienda desde el primer momento que no pasa nada, que todo sigue y que cada miembro de la familia sigue haciendo más o menos las mismas cosas. No puede ser que su mundo esté intacto y, por el contrario, el del adulto esté del revés.

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Cuáles son los diferentes tipos de tristeza en el duelo

Sara Losantos, psicóloga de FMLC

© Malagón

Ante la pérdida de un ser querido, las personas suelen experimentar sentimientos de tristeza, pero esta tristeza nunca es la misma. Entender y desmenuzar los matices de este sentimiento en cada ocasión ayuda a aliviarla y a hacer que sea menor.

Emociones comunes en el duelo

La tristeza no es la única emoción posible en el duelo, pero sí la más común. Existen muchos tipos distintos de tristeza: podemos hablar de tristeza, pena o nostalgia y cada una de ellas permite explicar una parte diferente de nosotros mismos y de lo que nos está ocurriendo.

Nuestras emociones nos conectan con la realidad y dan información a nuestro entorno y a nosotros mismos acerca de nuestro propio estado. Rechazarlas supone desaprovechar una ventaja adaptativa y una valiosísima guía.

Diferentes tipos de tristeza en duelo

Existe la tristeza vaga, como difusa: es una tristeza a ráfagas, propia de los primeros momentos del duelo. Es una tristeza hecha a jirones, mezclada con aturdimiento. Está demostrado que las lágrimas tienen un efecto calmante sobre nosotros.

También está la tristeza densa como el alquitrán, profunda e impermeable: ésta es propia del duelo traumático o del duelo agudo, cuando la persona ya es plenamente consciente de la pérdida y de todo lo que implica. Es una tristeza hecha de desesperanza, desolación y amargura. Cuando está presente, es cuando el doliente necesita más apoyo. Puede conducir a la depresión si se mantiene en el tiempo y, veces, requiere medicación. Definirla, nombrarla y ponerle coto permite desmenuzarla y atravesarla más fácilmente.

Tristeza y nostalgia

También está la nostalgia, propia del final del duelo. La palabra “nostalgia” procede de la combinación del término griego “nostos” -que significa retorno” y de “algia”, que significa dolor. Implica sentir tristeza por lo que se ha tenido y se ha perdido, alude a la larga odisea de Ulises y está demostrado que fortalece los lazos con el entorno más cercano y propicia un acercamiento y protección de la persona nostálgica.

La nostalgia cumple pues una función social. Es una tristeza más mansa, más sosegada, más tolerable. Distintos tipos de tristeza nos permiten identificar distintos momentos en el duelo y distintas necesidades por parte del doliente.

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