Cómo responder a las preguntas de los niños cuando muere un ser querido (I)

Patricia Díaz, psicóloga infanto-juvenil de FMLC

 

© MalagónUno de los problemas más habituales que nos encontramos los adultos a la hora de comunicar o explicar la muerte a los niños tiene que ver con las preguntas que hacen estos sobre detalles o aspectos que consideran relevantes y que, en ocasiones, el adulto se ve incapaz de resolver.

Dado el elevado número de consultas que recibimos acerca de estas cuestiones, hoy abordaremos cómo responder a las preguntas concretas que suelen hacer los niños y resolveremos otras dudas comunes que les surgen a los adultos en estas situaciones.

“¿Dónde está?”

Si el niño nos hace esta pregunta sobre la persona fallecida, es porque aún no tiene claro que en la muerte se produce una interrupción definitiva de las funciones vitales y que es irreversible.

Podemos iniciar nuestra respuesta con: “Verás, no sé exactamente dónde está, lo que a mí me gusta pensar es que…” y entonces le explicamos que nos gusta pensar que está en el cielo y le describimos cómo lo imaginamos, o en un lugar mejor, y le explicamos las características que nos imaginemos. Es muy importante dejarle claro que eso que nos imaginamos tiene que ver con su recuerdo.

“¿Cuándo vuelve?”

Esta pregunta está relacionada igualmente con el hecho de que los niños piensan que la muerte es un estado temporal, que no es definitiva. Hay que aclararles precisamente que la persona que ha fallecido no va a volver, que quien fallece no regresa nunca. Podemos decirle: “Cariño, a mí también me gustaría que fuera posible, pero cuando alguien se muere no puede volver, así que aunque lo deseemos mucho no vamos a volver a verle”.

“¿Cómo se sube al cielo?”

Hay que tener en cuenta que el concepto que tienen los niños sobre el cielo es literal, es decir, no es como el concepto abstracto que manejan los adultos. Por este motivo, hay que aclararles que no se puede subir, ya que no hacemos referencia al cielo por el que vuelan los aviones, sino que es un lugar en el que a nosotros nos gusta recordar al fallecido: un lugar que está en nuestra imaginación, en nuestro recuerdo, que no está arriba ni abajo, nadie sabe dónde está, sino que es el modo que tenemos de referirnos al lugar donde nos gustaría que estuviera o donde nos gustaría recordar al fallecido.

Continue reading

Cuando nada funciona en la terapia de duelo (II)

Sara Losantos, psicóloga de FMLC

 

Hace unas semanas os contábamos que el fracaso terapéutico existe y cómo también puede aparecer en el marco de una terapia de duelo. No nos hablan de él en las universidades ni en los másters, pero -como suelen decir en Galicia- existir, existe. Por eso, nos encontramos ante una situación que puede producirse o se producirá con bastante probabilidad -aunque sea en una estadística muy baja- y, en ese caso, no sabremos cómo reaccionar.

En el post anterior, apuntábamos que, a veces, el fracaso terapéutico está causado por la búsqueda de objetivos poco realistas por parte del psicólogo o de unas expectativas desajustadas con la realidad. También puede estar provocado por la impaciencia del terapeuta o del paciente. Lo que no llegamos a explicar en ese artículo es qué se puede hacer en estos casos.

Qué hacer cuando fracasa la terapia de duelo

No existe una fórmula mágica ni una herramienta universal para atender los casos de fracaso terapéutico, pero sí hay varias cosas que podemos hacer cuando nos encontramos ante una de estas situaciones extraordinarias y complejas.

Continue reading

Cuando el enfado y la rabia se apoderan del duelo

Pilar Pastor, psicóloga de FMLC

 

© MalagónEl enfado y la rabia son emociones frecuentes en el duelo. Por un lado, parece imposible atravesar este proceso sin cierta dosis de enfado y rabia; por otro, en ocasiones el enfado ejerce una función de catalizador de la tristeza, disfrazándola de rabia e impidiendo que la tristeza, necesaria, tenga su lugar. Ambas actitudes son muy características de los procesos de pérdida.

Sentir enfado ante la muerte de un ser querido

Cuando nos enfrentamos al fallecimiento de un ser querido, sentir enfado es tan normal como la tristeza o la angustia. Y es que cómo no va a aparecer enfado cuando muere un ser querido y la vida del doliente cambia por completo: enfado con la vida, con las creencias en las que se confiaba, a veces también enfado con el fallecido, ya que a menudo la pérdida implica para el doliente una sensación de abandono.

Con frecuencia, la muerte de alguien que queremos supone un choque con nuestros esquemas propios de comprensión del mundo. En este proceso, la sensación de injusticia aparece en multitud de ocasiones y, con ella, la rabia. En el camino de la asimilación de los procesos que involucran el duelo, en la aceptación de la realidad y, por lo tanto, en la flexibilización y modificación de estos esquemas, la rabia va cediendo.

Los mecanismos de defensa en el duelo

El duelo se caracteriza por ser un proceso en el que las emociones son de singular intensidad. Ante este reto interno, el doliente afronta este camino como puede, con los recursos más accesibles que tiene. Al principio, estos recursos son mecanismos de defensa básicos cuya función principal es protegernos. Sin embargo, la actitud que en un principio nos protege puede acabar promoviendo la evitación, si la mantenemos sin cambios en el tiempo.

Enfrentarse a un duelo constituye una prueba para la capacidad de autogestión de las emociones. No gestionamos de la misma manera todas las emociones que surgen. La tristeza nos invita a estar más con nosotros mismos, con el dolor, a estar en soledad o con los propios pensamientos, mientras que el enfado nos incita a la acción, a movernos en una dirección. No todos nos sentimos cómodos con la misma forma de manejarnos en el mundo y, en ocasiones, automáticamente transformamos la tristeza en enfado, según nuestra forma de ser.

Continue reading

¿Es aconsejable llevar a un niño a que se despida de un familiar enfermo?

Patricia Díaz, psicóloga infanto-juvenil de FMLC

 

© MalagónEn nuestro artículo de hoy, hemos decidido abordar este tema tras un interesante debate que mantuvimos recientemente con profesionales de la Medicina, en el marco de un curso sobre cuidados óptimos al final de la vida para pediatras y neonatólogos que están en contacto con niños muy enfermos.

Una cuestión muy interesante que surgió fue si los niños deben despedirse de sus hermanos enfermos. De ahí la cuestión se extrapoló a la posibilidad de que los pequeños entrasen en las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) -tanto pediátricas como de adultos- para despedirse de los seres queridos.

La realidad que viven estos profesionales en su día a día es que, cuando hay niños que van a fallecer en las UCI neonatales y pediátricas, se les da una gran importancia a sus padres, pero no siempre ocurre lo mismo con los demás familiares y, con frecuencia, estos niños tienen hermanos que viven esa situación con mucho miedo e incertidumbre.

¿Debe un niño visitar a un familiar enfermo?

Durante la charla, este grupo de profesionales planteó la pregunta sobre si es conveniente o no que los niños puedan tener la oportunidad de despedirse de las personas a las que quieren, en momentos médicos tan complejos como las enfermedades que se atienden en la UCI. En este contexto, nuestra respuesta es contundente: sí, los niños tienen que poder despedirse de sus seres queridos.

Es un hecho que esta opinión choca frontalmente con la “burocracia” hospitalaria o con las normas que existen en muchas UCI de hospitales, que no permiten el acceso a los menores. En otros muchos centros hospitalarios, sólo permiten el acceso de menores siempre que sean mayores de 14 años.

La importancia de las despedidas

Cuando preguntamos a los profesionales que trabajan en las UCI si a ellos les gustaría tener la oportunidad de despedirse de un ser querido en el último momento (ya sea un padre, una madre, un hermano, una pareja, un abuelo, un amigo, etc.), su respuesta también es contundente: SÍ. Siempre responden de la misma manera: por supuesto, aunque fuese un momento duro, querrían haber tenido la oportunidad de entrar al menos a darle un beso.

Continue reading