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	<title>La mujer que me escucha</title>
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	<description>Pedro Alcalá</description>
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		<title>Esas pequeñas cosas.</title>
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		<pubDate>Sun, 13 May 2012 10:44:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pedro Alcalá</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El duelo, sobre todo al principio, si tratamos de abarcarlo por entero, de golpe, sentimos que nos sobrepasa; se presenta insuperable ante nuestro ánimo disminuido. Resulta oscuro porque es oscuro; hiriente, desgarrador. Se nos antoja eterno; como bregar en la &#8230; <a href="http://www.fundacionmlc.org/pedroalcala/?p=5281">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El duelo, sobre todo al principio, si tratamos de abarcarlo por entero, de golpe, sentimos que nos sobrepasa; se presenta insuperable ante nuestro ánimo disminuido. Resulta oscuro porque es oscuro; hiriente, desgarrador. Se nos antoja eterno; como bregar en la noche de un mar descomunal de emociones densas como lodos. Cuesta avanzar. No se divisan los márgenes. Te embarga entonces la desesperante sensación de que hagas lo que hagas apenas avanzarás.</p>
<p>Por ello tuve que aprender a enfrentar mi pérdida de a poco a poco. Casi minuto a minuto. Centrado en el presente para no desesperar. Desconocía cuanto pudiera quedarme aún por transitar.</p>
<p>Aprendí que la oscuridad, el dolor, la tristeza y la pena (por entonces inabordables en su conjunto para mí aturdida capacidad de comprensión) había que dejarlos estar, sentir. Pero también intuí que la oscuridad nunca dura para siempre. Supe lo absolutamente necesario que era hablar mucho de esas emociones; expresarlas, sacarlas afuera constantemente; removerlas y aventarlas para separar los pensamientos tóxicos de desánimo y desesperanza de aquel impulso natural interior que me incitaba a reengancharme con la vida. Desechar los primeros y cultivar este último. Persistir día tras día para reacomodar mi mundo interior. Un trabajo personal sordo, muy desagradecido en el corto plazo. Pero que acabaría dando sus frutos. Hasta conducirme hacia la luz de una nueva normalidad.</p>
<p>Es bien conocida la metáfora del bambú; <em>“Hay algo muy curioso que sucede con el bambú japonés y que lo transforma en no apto para impacientes: siembras la semilla, la abonas, y te ocupas de regarla constantemente. Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. En realidad, no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto que, un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas infértiles. Sin embargo, durante el séptimo año, en un período de sólo seis semanas la planta de bambú crece ¡más de 30 metros! ¿Tardó sólo seis semanas en crecer? No, la verdad es que se tomó siete años y seis semanas en desarrollarse. Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitirían sostener el crecimiento”.</em></p>
<p>Algo similar sucede con nuestro duelo. Aunque no necesitemos ni mucho menos siete años para elaborarlo, sí que se trata también de un proceso largo en el que no valen apremios ni propios ni ajenos. Hace falta paciencia. Es un trabajo diario, de pequeños logros. Consiste esencialmente en centrarse en esos pequeños instantes de optimismo que la vida nos sigue deparando y atesorarlos. Son esos pequeños, diminutos instantes los que nos reenganchan con la vida: un golpe de risa, un paseo al sol, una caricia en la nuca, conquistar una tras otra &#8220;primera vez&#8221; después de su pérdida, un recuerdo amable de nuestro ausente&#8230;Y acopiarlos: dejarlos entrar y acomodarse, rechazar el sentimiento de culpa que a veces conlleva empezar a sentirse bien, y cultivarlos como las pequeñas simientes de reconstrucción que son. Regarlas de determinación y esperanza. Puede que al principio resulten escasas para un corazón abrasado, pero constituyen realmente la base raíz para volver a crecer un día como el bambú.</p>
<p>Hace ya casi un año que escribí: mi natural optimismo me obliga a pensar que si un minuto de felicidad es posible, también lo son dos, tres… y así progresivamente, hasta alcanzar tanta felicidad como la vida admita.</p>
<p>Hoy son ya muchos los minutos, instantes y momentos felices que he vivido a pesar de la ausencia de Diego. Momentos que junto a su recuerdo cada vez más amable y a la íntima e intensa conexión que mantengo con él, han venido a refrendarme en aquel inspirado aforismo.</p>
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		<title>Fuerza interior.</title>
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		<pubDate>Sun, 29 Apr 2012 18:59:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pedro Alcalá</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Pérdida de un hijo]]></category>
		<category><![CDATA[Superar una pérdida]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>Esta de hoy es una apreciación muy personal. La vida no da tregua, eso, a estas alturas, ya lo hemos aprendido bien. Hubo un tiempo al principio en que, sin razón alguna que lo sustentase, tal vez desde la ingenuidad o la necesidad de creer en una justicia superior que nos trascienda, nos cabía esperar que una vez pagado tan alto peaje como lo es la pérdida de nuestro hijo; una vez realizado el esfuerzo de afrontar y completar el duelo; después de apostar por nuestra reconstrucción, plantar cara a la fatalidad y decidir vivir a pesar de todo, la vida nos recompensaría y se desplegaría ante nosotros como una hermosa, extensa y mullida pradera sobre la que avanzar, crecer y reposar arropados bajo la cálida presencia de los recuerdos de Diego. Así hasta el final de los días. Libres ya de nuevos males.</p>
<p>Pero esto no es así. Las reglas del juego no son: que pase el siguiente. Si existe una instancia superior que arbitra designios, estoy absolutamente convencido de que no interfiere en el discurrir palpable de la vida. De existir, interviene necesariamente en otro plano, en otros ámbitos bien distintos de los que transitamos a lomos de piel y razón. Para nada se entromete en el acontecer humano a pie de tierra. Millones de personas rezan y ruegan cada día con auténtica fe y fervor por librar al mundo y preservarse de todo mal. Pero la implacable y tozuda realidad siempre nos corresponde, tanto a unos como a otros, con proporciones aleatorias de sucesos dichosos y desgraciados. Esto ha ocurrido invariablemente así desde el inicio de los tiempos.</p>
<p>Con ello no quiero denostar el valor de la oración para el creyente. Muy al contrario, creo que esta conecta directamente con esa instancia superior que tiende puentes de entendimiento y sabiduría con nuestro mundo interior y lo refuerza. Tan solo pretendo alertar de que, sean cuales sean nuestras creencias, no esperemos que la solución a nuestros problemas nos venga de fuera.</p>
<p>Somos los seres humanos quienes desde el temor al dolor, la adversidad y la muerte relacionamos causas y efectos, fabulamos, estructuramos creencias y las formalizamos mediante credos, doctrinas, preceptos, ritos. Tenemos la imperiosa necesidad de hacer palpable lo intangible, de dotar de motivos y sentido todo aquel acontecimiento que nos hace sufrir. Y para mí que todo este conglomerado de conceptos mentales nos acaba por encapsular y alejar de nuestra esencia, de la más primitiva y auténtica relación con nuestro ser más íntimo<strong>;</strong> el que habita entre piel y razón, el que en verdad nos da entendimiento y fuerza para afrontar la adversidad: la intuición.</p>
<p>El hecho es que a nosotros la vida no nos ha dejado al margen en su devenir de nuevas alegrías, pero tampoco lo ha hecho a la hora de dispensar nuevos desafíos personales; ni siquiera nos ha dejado fuera de este ambiente caótico de incertidumbre y desasosiego generalizado que omnipresente nos envuelve bajo su manto de plúmbeo porvenir. Sentimos que la vida a nosotros también nos empuja hacia el borde del mismo abismo. Ni nos ha otorgado inmunidad, ni nos excluye. Y es que no existe otra regla: te toque lo que te toque; hayas sufrido lo que hayas sufrido, vuelves a entrar, como cualquier otro ser, &#8211; aunque decisivamente determinado por la justicia social que te haya tocado en suerte- vuelves a entrar, digo, en el mismo bombo que tanto reparte dichas como desgracias.</p>
<p>Y aunque este es un razonamiento que dejé atrás y asumí hace tiempo, no puedo evitar patalear y revelarme cada vez que la vida vuelve a golpearme. Entiendo que este es un ciclo natural que se repite con cada nueva pérdida: incredulidad, negación, rebeldía, enfado, desconcierto…porqués…aceptación…lucha… De esto ya aprendí. Lo que no deja de sorprenderme es que desde la resolución de mi duelo por la muerte de Diego, cada vez que de nuevo me enfrento a dificultades serias, una vez vencida la lógica y natural exasperación inicial, lejos de caer en la desesperación, una inusitada calma se apropia de mí. Una serenidad que no proviene de la resignación, sino que, muy al contrario, directamente emana de la capacidad de lucha desarrollada durante la elaboración de mi duelo. De esa fuerza interior que habita en las regiones más ajenas al discernimiento. Regiones que emplazadas en las cotas más profundas de mi ser, conectan con la mentada esencia ubicada entre razón y piel.   </p>
<p>Es una apreciación muy personal, decía al principio, porque he llegado a la convicción de que nuestra capacidad para afrontar la adversidad es infinitamente superior de lo que a priori sugieren nuestras expectativas. Que está en correlación directa con la conexión y atención que prestemos a cuanto nuestro sabio interior nos propone.</p>
<p>Creencias, religiones, terapeutas, familiares, amigos, compañeros y parejas son, sin duda alguna, valiosas ayudas, cruciales en muchos casos, pero con independencia de ellas, la auténtica fuerza y sabiduría necesarias para afrontar la adversidad son parte inherente a nuestro equipamiento de serie.</p>
<p>Esta bien claro que a veces no podemos cambiar el curso de los acontecimientos. Pero son nuestra actitud, apego a la vida y determinación los que cambian el modo en que los vivimos.</p>
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		<title>Niños y adolescentes en duelo.</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Apr 2012 10:05:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pedro Alcalá</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Muerte]]></category>
		<category><![CDATA[Pérdida de un hijo]]></category>

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		<description><![CDATA[  La muerte de nuestro hijo Diego a los 10 años de edad mientras participaba en un partido de fútbol, no sólo nos conmocionó a Teresa y a mí, sino a todo su entorno: Jorge, su hermano, tenía entonces 16 años; unos treinta niños &#8230; <a href="http://www.fundacionmlc.org/pedroalcala/?p=5082">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.fundacionmlc.org/pedroalcala/wp-content/uploads/2012/04/Compañeros-colegio-de-Diego.-Antonio-Machado.jpg"><img title="Compañeros de colegio de Diego en el recreo. " src="http://www.fundacionmlc.org/pedroalcala/wp-content/uploads/2012/04/Compañeros-colegio-de-Diego.-Antonio-Machado-300x200.jpg" alt="" width="275" height="212" /></a> <a href="http://www.fundacionmlc.org/pedroalcala/wp-content/uploads/2012/04/Compañeros-colegio-de-Diego.-Homenaje..jpg"></a></p>
<p>La muerte de nuestro hijo Diego a los 10 años de edad mientras participaba en un partido de fútbol, no sólo nos conmocionó a Teresa y a mí, sino a todo su entorno: Jorge, su hermano, tenía entonces 16 años; unos treinta niños de edades similares a Diego presenciaron los primeros instantes de dramática confusión que siguieron al accidente; sus compañeros de colegio y equipo, así como sus amigos y primos de edades comprendidas entre los 3 y los 18 años estuvieron pendientes de su evolución durante los cinco días que sobrevivió al accidente en el hospital. Y finalmente, recibieron consternados la noticia del fatal desenlace. La mayoría de ellos asistieron a la desgarradora misa de funeral y a los muchos y emotivos actos de homenaje que se le dedicaron. Todos aquellos niños y adolescentes (nosotros, y sus padres también), tuvimos que afrontar la realidad de una muerte inesperada e improbable, de sopetón. Una eclosión de preguntas y temores; el sentimiento de vulnerabilidad que la certeza de la muerte nos plantea tanto a adultos, adolescentes, como, por supuesto, a niños. Dudas que afrontamos desde la carencia de respuestas adecuadas que los padres, en general, tenemos sobre el tema.</p>
<p>Aún recuerdo como, a pesar de mi propia confusión respecto de mi hijo Jorge, desde la inusitada lucidez con que reaccionó mi ser en los primeros momentos después de la muerte de Diego, también participé del desconcierto y desorientación de otros padres que trataban de hallar la mejor forma de explicar la situación a sus hijos: ¿Qué decirles a los más pequeños? ¿Cómo abordarlo? ¿En qué modo les afectaría? ¿Necesitarían apoyo profesional? Hoy me resulta sorprendente, pero lo cierto es que a pesar del dolor por mi pérdida, pedí y busqué ayuda para ellos. Y alguien bienintencionado se aventuró a difundir la recomendación de que a los adolescentes había que contarles las cosas tal y como son, pero que a los pequeños, lo mejor era contarles la verdad, pero suavizada, enmascarada de cuento, como en la película “La vida es bella” de Roberto Benigni: la muerte edulcorada. El equipo de psicólogos del Atlético de Madrid redactó unas pautas resumidas y acertadas para tal propósito. Y a partir de aquí, cada quien buscó asesoramiento o resolvió el asunto a su manera. Me consta que en general imperó el cariño y el sentido común de forma generalizada. Pero aun así, también tuve noticias de la desazón, dudas y angustia con que nuestro entorno afrontó la situación. A pesar de mi propio duelo, pude percibir y alcanzar a comprender que los niños, por pequeños que fueran, también echaban de menos a Diego y vivían su propio duelo. Al igual que nosotros, necesitaban encontrar respuestas para reordenar su mundo, aplacar temores y reubicar a Diego en sus vidas. Asumir su ausencia.  </p>
<p>Por entonces, no llegué a saber si el método de “La vida es bella” era el más adecuado para explicar la muerte a los pequeños. Hoy, después de leer la oportuna, necesaria y rigurosa guía sobre el duelo escrita por la terapeuta Loreto Gil: <a href="http://www.fundacionmlc.org/admin/newsletters/plantilla.php?id=48"><strong>EXPLICAME</strong> QUÉ HA PASADO</a> tengo las cosas mucho más claras.</p>
<p> <a href="http://www.fundacionmlc.org/admin/newsletters/plantilla.php?id=48"><img title="Guia del duelo FMLC" src="http://www.fundacionmlc.org/pedroalcala/wp-content/uploads/2012/04/Guia-del-duelo-FMLC.jpg" alt="" width="246" height="326" /></a></p>
<p>La <a href="http://www.fundacionmlc.org">Fundación Mario Losantos del Campo</a> divulga esta guía de forma gratuita.</p>
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		<title>El comportamiento de los amigos durante el duelo.</title>
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		<pubDate>Mon, 02 Apr 2012 18:36:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pedro Alcalá</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin categor]]></category>
		<category><![CDATA[Consuelo]]></category>
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		<category><![CDATA[Terapia de duelo]]></category>

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		<description><![CDATA[Son ya varias las veces que me ha llegado por email unas reflexiones sobre el comportamiento de los amigos y familiares durante el duelo: Los amigos. Fernando Ferreiro. Y aunque no negaré que alguna vez  haya podido albergar también sentimientos similares a los ahí descritos, en &#8230; <a href="http://www.fundacionmlc.org/pedroalcala/?p=4859">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Son ya varias las veces que me ha llegado por email unas reflexiones sobre el comportamiento de los amigos y familiares durante el duelo: <a href="http://www.fundacionmlc.org/pedroalcala/wp-content/uploads/2012/04/Los-amigos.-Fernando-Ferreiro.pdf">Los amigos. Fernando Ferreiro</a>. Y aunque no negaré que alguna vez  haya podido albergar también sentimientos similares a los ahí descritos, en general, ningún familiar o amigo ha dejado de estar nunca a nuestro lado tras la muerte de Diego. ¿Deberíamos sentirnos, por tanto, excepcionalmente afortunados? </p>
<p style="text-align: justify;">No me cabe ninguna duda de que tanto Fernando, como todos cuantos han hecho circular públicamente sus palabras para refrendar su queja, lo hacen desde su propia experiencia vital. Y digo que no me cabe duda, porque también habito su mismo mundo y también he chapoteado desorientado en el fango de su misma noche. Pero, al mismo tiempo, desde el más absoluto respeto por esas vivencias, dado que con el acto de divulgarlas, además de darnos a conocer su parecer, también nos dan pie para establecer una necesaria reflexión pública, me arrogo el derecho a exponer públicamente mi experiencia junto (que no frente) a la suya. No pretendo al disentir poner en duda ni cuestionar la realidad que sustenta sus aseveraciones, sino contraponerlas bajo el prisma de otras experiencias bien distintas; de otros modos de entender y vivir las relaciones. Quisiera más bien propiciar una cordial reflexión sobre cada forma y enfoque personal de afrontar un duelo. Tratar de alertar, de paso, del riesgo que siempre conlleva generalizar. </p>
<p style="text-align: justify;">Escribo a pesar de que mis allegados ya conocen de primera mano cual es mi parecer al respecto porque mi temor es que tales testimonios, a fuerza de tanto repetirlos y hacerlos circular de forma reiterada por la red (a menudo tengo la impresión de que tendemos irreflexivamente a tomar por verdades únicas e irrefutables todo aquello que nos llega de internet), mi temor es que dichos argumentos acaben por alcanzar un injusto rango de ley universal. Y al menos por estos lares, y me consta que por muchos otros, las cosas no pintan ni mucho menos así. </p>
<p style="text-align: justify;">Lo cierto es que en nuestro caso, todos nuestros familiares y amigos nos apoyaron en los primeros instantes. Y eso que ellos, al igual que nosotros, no sabían qué se hace en estos casos. La muerte de Diego nos pilló a todos por sorpresa. Sin experiencia previa. Todos vivíamos de espaldas a tal posibilidad. Ninguno estábamos por tanto preparados. Y todo nuestro entorno, aunque se hallaban tan desorientados como nosotros, hicieron lo que mejor sabían haber: estar a disposición, arroparnos, escucharnos y darnos su cariño como bálsamo sanador. Siempre discretos, nos dejaron respirar. </p>
<p style="text-align: justify;">Hago esta aclaración para honrar su esfuerzo y muestras genuinas de cariño. Lo hago también por los que aún a sabiendas de nuestro dolor, sin tan siquiera conocernos de antes, quisieron acercarse a nosotros para ayudarnos. Y vaya si lo hicieron. Y no fueron pocos. Y el hecho es que la mayoría permanece todavía a nuestro lado; hoy son amigos de pleno derecho. </p>
<p style="text-align: justify;">Estábamos tan agradecidos que hicimos una gran quedada en la que les cociné una paella. Nadie habló del dolor, ni dio las gracias, ni trató de dar ánimos. No hubo apremios. Se sintieron reconocidos y supieron que lo estaban haciendo bien. Que su cariño nos servía de consuelo. Por supuesto que no todo en aquellos tiempos fueron aciertos, pero tuvimos la inspiración de apreciar más sus intenciones que su buen desempeño. Para expertos en duelo ya íbamos a terapia. De nuestros amigos nos bastaron sus buenas intenciones y tesón por estar ahí. Y en aquel reconocimiento de que todos éramos igual de novatos; en aquel esfuerzo por explicarles qué diantres era exactamente lo que esperábamos de cada uno de ellos, creo que estuvo nuestro acierto, del que creció una magia difícil de replicar: una genuina amistad. Esa que nada exige en ningún sentido pero que sabe dar en reciprocidad. </p>
<p style="text-align: justify;">Los abrazos se acoplaron entre nosotros como la forma más natural de saludo. Y se estableció, sin discusión ni acuerdo previo, el bizcocho casero como unidad universal de medida de cariño. </p>
<p style="text-align: justify;">Ante aquella situación, comprendimos que la terapia de duelo nos serviría de gran ayuda para salir del primer impacto; del caos y del desorden emocional de los primeros meses.  Con la gran mayoría de los dolientes que hemos conocido a lo largo de nuestro tránsito por el duelo, (salvo hermosas excepciones que han devenido en relaciones muy estrechas de amistad), aparte de un sano intercambio de experiencias que nos ayudó a no sentirnos como extraños a nosotros mismos y para normalizar la percepción que teníamos de nuestras emociones, lo que básica y únicamente nos unía a ellos, era aquella comprensión mutua sustentada en la vivencia de un infortunio similar. Pero pronto vislumbramos que aquellos apoyos debían de ser y serían transitorios; que no constituirían un nuevo estilo de vida, ni nuestro único circulo de relaciones. </p>
<p style="text-align: justify;">Tanto a la Fundación Mario Losantos del Campo, que nos asistió con sus terapias, como a nuestros compañeros de duelo durante el primer tramo de este duro trance, les estaremos siempre inmensamente agradecidos. Ambos constituyeron una parte importante y necesaria, fundamental, en nuestra recuperación.  </p>
<p style="text-align: justify;">Es cierto que con nuestros allegados cada día encuentro más difícil seguir hablando de mi duelo. Su sensibilidad al respecto es ya, por lógica, otra: su duelo concluyó, lo superaron antes. Y por supuesto que ellos, a pesar de todo, siguen con su vida completa y nosotros no. A esos lances tuvimos que enfrentarnos y acostumbrarnos para no perderlos. De haber huido o de habernos recluido para eludir la dolorosa y palpable ausencia de Diego en cada uno de aquellos encuentros, probablemente hoy, estaríamos solos. Las relaciones duraderas sólo se sustentan en la mutua correspondencia. Es por ello que cada vez que alguien menta quejas a este respecto, tengo la impresión de que en cierta medida albergamos la convicción de que el dolor por nuestra pérdida debería de repartirse a partes iguales entre los que nos rodean: ¿tú me quieres?, pues toma tu parte. Pero la realidad es que nuestra pérdida es nuestra por entero. Incluso en lo que a nuestra pareja se refiere; cada uno sobrelleva lo que le toca: ni se reparte, ni suma, ni resta. El dolor duele a cada cual lo suyo, y no hay nada que los demás puedan hacer para evitarlo; salvo apoyarnos, querernos y escucharnos. Nuestros allegados no son, ni por asomo, por el noble mérito de querernos en la adversidad, los responsables de nuestra reconstrucción, sino nosotros. Y sólo nosotros.</p>
<p style="text-align: justify;">Es con y gracias a ellos que he conseguido reengancharme a la vida. Y cuando todavía, de tarde en tarde, les sorprendo con una de mis recaídas y me intuyen triste; me abrazan, me reconfortan y se lo agradezco. ¡Pues un abrazo es un abrazo. Y no puedo esperar que me devuelva mi pérdida!</p>
<p style="text-align: justify;">Por otra parte, estoy de acuerdo en que nadie mejor que aquellos que compartimos una misma experiencia para apoyarnos y comprendernos mutuamente, incluso hoy día siguen constituyendo para mí un auténtico y valioso soporte. Pero la realidad es que no todos los dolientes congeniamos, ni siquiera todos nos comprendemos. Pero no porque no compartamos los mismos enfoques ante el duelo o la vida, pues eso ampliaría nuestro territorio de posibles rutas y nos enriquecería. Sino porque en esto del duelo también hay dolientes que se muestran impacientes y soberbios con los aprendices. No existe una correlación directa entre el hecho de haber sufrido una pérdida y el desarrollo de la sensibilidad, empatía, sabiduría y voluntad  necesarias como para entender y transigir duelos ajenos. Tacto que, por contra, muchos familiares y amigos sin experiencia propia, sí que han sabido mostrar con creces en las más delicadas situaciones.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Que necesitamos expertos? Por supuesto, pero exigirles a familiares y amigos que se conviertan en sanadores diestros en consuelo de la noche a la mañana, sólo puede conducirnos a asustarles, espantarles y a esa soledad de la que habla Fernando en su escrito.</p>
<p style="text-align: justify;">Estas personas, nuestros familiares y amigos de siempre; los nuevos amigos y los amigos de duelo son nuestra bendición y nuestro consuelo. Nuestra conexión con la auténtica vida. Los queremos a rabiar. Y los defenderé siempre.</p>
<p style="text-align: justify;">También hoy siguen aquí. Y son fundamentales. Ellos, y también sus hijos. Para nosotros son la prueba irrefutable de que la vida sigue valiendo la pena y que es preciso apurarla en convivencia. Aun siendo tan imperfectos como nosotros, sé que permanecerán a nuestro lado. Siempre, claro, que no les espantemos con una actitud exigente más allá de sus posibilidades.</p>
<p style="text-align: justify;">Esto me lleva a pensar que quienes hemos sufrido la desgracia de perder un hijo también somos personas normales. Que aun siendo nuestra pérdida tan tremendamente dura como lo es, también hay otra mucha gente que ha sufrido y padece las suyas. Y ni siquiera alcanzamos a meternos en su piel para saber si, quién sabe, puede que incluso sean más sordas y solitarias que las nuestras. ¿O deberíamos entrar a categorizar las pérdidas según el valor que estas tienen para cada cual? ¿Debo pensar que los de la categoría top ten del dolor sólo pueden relacionarse entre ellos dado que los demás seríamos incapaces de comprenderlos? ¿Incapaces de ayudarlos? Me resultaría un concepto muy pobre y descorazonador del valor que en realidad tienen la amistad, la familia, la solidaridad y las relaciones humanas. Es en este punto cuando recomiendo ver con urgencia una película: &#8220;Intocable&#8221; (Una comedia sencilla que viene a cuento).</p>
<p style="text-align: justify;">Ojalá que con mis palabras  haya podido contribuir a ese debate y esa reflexión que proponía al principio. Pero no quisiera dejar de insistir en que mis argumentos nacen de una experiencia raiz común a la de mi estimado Fernando: la pérdida de mi hijo Diego. Y que es por ello que comprendo sus razonamientos. Pues fue fruto de esa pérdida que, como Fernando, caté la hiel del desconsuelo, del desengaño, de la frustración y la rabia. Y es desde ese lugar común, desde un mismo entendimiento, que sin haber tenido aún la oportunidad de conocernos, le envío un sentido y cercano abrazo.</p>
<p style="text-align: justify;">La verdad es que yo en realidad nunca supe qué decir, qué hacer, ni cómo ofrecerme cuando los demás necesitaban mi ayuda. Y ahora tampoco estoy bien seguro de qué sería lo más adecuado a cada caso. Por eso valoro tanto lo que supieron hacer conmigo. Me siento enormemente agradecido y afortunado. Y espero que sepan disculparme si alguna vez no he captado bien sus intenciones y me he mostrado desaprensivo con sus sinceras muestras de afecto.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>&#8220;Rechazamos el cariño y la intimidad de la gente, como si esperásemos un cariño y una intimidad mejores que están por llegar. Pero ¿de dónde y cuándo? Mañana será como hoy. Malgastamos la vida mientras nos preparamos para vivir.&#8221;</em> Ralph Waldo Emerson. </p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://www.fundacionmlc.org/pedroalcala/wp-content/uploads/2012/04/Intocable_cartel_peli1.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-4900" title="Intocable_cartel_peli[1]" src="http://www.fundacionmlc.org/pedroalcala/wp-content/uploads/2012/04/Intocable_cartel_peli1.jpg" alt="" width="204" height="292" /></a> </p>
<p style="text-align: justify;"> <a href="http://www.youtube.com/watch?v=9J84fLzm568">&#8220;Intocable&#8221;</a> escrita y dirigida por Eric Toledano y Olivier Nakache</p>
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		<title>Reconciliarnos con la vida</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Mar 2012 16:26:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pedro Alcalá</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Apostar por la vida]]></category>
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		<description><![CDATA[Después de este silencio voluntario de casi dos meses sin escribir en el blog. Silencio motivado por mi necesidad de ser consecuente con cuanto vengo diciendo en mis últimos post: soltar y avanzar; buscar nuevos aires; mirar con esos nuevos ojos &#8230; <a href="http://www.fundacionmlc.org/pedroalcala/?p=4710">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Después de este silencio voluntario de casi dos meses sin escribir en el blog. Silencio motivado por mi necesidad de ser consecuente con cuanto vengo diciendo en mis últimos post: soltar y avanzar; buscar nuevos aires; mirar con esos nuevos ojos de los que habla Rosa en su comentario; ocuparme con solvencia de los asuntos cotidianos que me demanda la vida, recuperar lugares comunes&#8230; Necesitaba comprobar que mi ideario no iba por unos derroteros y mi realidad vital por otros. Quería descartar que detrás del hecho de escribir en este blog, oculto tras mi vocación de servicio, no subyacía un enmascarado empecinamiento por mantenerme aferrado a mi duelo; que este fuera una excusa. Cosa que por otro lado sería normal después de tanto tiempo en constante ajetreo emocional, aferrado a las mismas tablas de salvación. Y es que sé lo que cuesta soltarlas. Quienes hemos sufrido pérdidas importantes, todavía de puntillas entre los rescoldos de la angustia recién vencida, aún pensamos, discernimos y debatimos sobre el duelo. Y, sobre todo, a veces, dudamos de nuestros logros. Y es que la vida continúa. No para en su devenir aleatorio. Lo mismo que nos complace, también nos plantea nuevos retos. Nuevas dificultades. No se para a compensar deudas saldadas. Y eso, a los brotes tiernos que aún somos, recién reincorporados a la vida, nos confunde.</p>
<p>Pero este silencio, lejos de empujarme al vacío, ha venido a ratificarme en mis planteamientos y sensaciones; puedo afirmar que avanzo libre hacia mi reconciliación completa con la vida. He asumido sus reglas. Y lo diré sin ambages. Para que no quede duda: mi experiencia y la de los míos es que del duelo se sale; que el duelo se supera, concluye, se resuelve: el duelo acaba. Es un proceso natural muy doloroso e inevitable. El cual, a menos que nos propongamos lo contrario y decidamos perpetuarlo, tiene una duración limitada. En cada caso la suya, pero limitada. Si es que así se quiere. Y si es que así se decide.</p>
<p>Y es que concluir el duelo no implica olvidar a nuestro amado ausente, ni traicionar su memoria, sino poder recordarlo sin dolor.</p>
<p>Superar el duelo no significa resignarse ante nuestra desgracia, sino aceptarla como el hecho indeseable que es, como una realidad difícil de encajar que nos ha deparado la vida, hecho que no podemos cambiar, pero ante el que sí que podemos elegir la actitud con que lo afrontamos. Resistirse ante esta realidad conduce tan sólo al sufrimiento. Un sufrimiento estéril y limitante, que ni redime ni honra a nuestro ausente. Pero sí que nos priva de su recuerdo hermoso e indoloro; de la posibilidad de percibir su serena presencia al final del proceso.</p>
<p>Resolver el duelo no conlleva volver a ser el mismo de antes; el dolor por la pérdida, junto al reajuste emocional que traen aparejado, necesariamente nos cambian. Y depende mucho de nosotros el signo y la profundidad de ese cambio. En este sentido, estoy convencido de que el simple hecho de afrontar la adversidad implica estimular y desarrollar fortalezas internas antes aletargadas o latentes, pero que tras la superación del duelo permanecen afianzadas como una parte inseparable de nuestra nueva esencia.</p>
<p>Salir del duelo no consiste en recuperar nuestra vida como si nada hubiera pasado: a mí me sigue faltando Diego y lo echo mucho de menos; tanto como lo sigo amando. Eso hace que mi vida sea otra bien distinta. Pero aunque diferente, puedo asegurar que he conquistado una nueva normalidad desde la que enfrento mí día a día con absoluta solvencia. Y digo normalidad,  porque he conseguido aprender  a vivir con su ausencia física. Y digo física, porque me siento en permanente conexión con Diego. Y lo digo a sabiendas de que esta es una percepción personal difícil de explicar desde mi agnosticismo y alejamiento de corrientes místicas, esotéricas o espirituales (aunque las nombro juntas, no pretendo con ello englobarlas en un mismo concepto). Es una percepción difícil de explicar, pero real: tengo mis indicios, mis pálpitos, mis sensaciones…que me hacen sentir que Diego sigue ahí, junto a mí. Y ello me ayuda a seguir. Y es que aunque me tenga por una persona tan esencialmente racional como me tengo,  y aunque por ello sienta cierto pudor al admitirlo, lo cierto es que  no me cuesta nada mantener e incluso alimentar este sentimiento: la ilusión, si no es obsesiva, creo que no mata ni enajena a nadie, y a mí me estimula y da esperanza.</p>
<p>Que el duelo acabe no significa un adiós definitivo a la tristeza, al dolor, a la rabia, al sentimiento de culpa y de injusticia. Puede que todavía haya repuntes o recaídas durante algún tiempo. Pero mi experiencia es que paulatinamente van espaciándose y que su intensidad se atenúa; tienden a disolverse y transformarse en un recuerdo amable y sereno de nuestro ausente. Recuerdo que por supuesto no compensará nunca aquellos tiempos felices en los que gozábamos de su compañía, pero que sí nos transmiten una calidez y un consuelo que nos reconducen a abrazar la vida.</p>
<p>Mientras transcribo estas afirmaciones, que para mí son vivencia, lo hago desde una perspectiva actual: tan amplia, tan panorámica y tan múltiple como ha vuelto a ser mi capacidad de curiosear y explorar. Pero sin perder nunca de vista cual fue mi punto de partida y qué es lo que me ha permitido llegar hasta aquí: partí del desconcierto, del miedo, de la desolación, de una implacable sensación de vulnerabilidad y de rabia contenida; de un infundado e irracional sentimiento de culpa. Partí de la duda, del caos emocional en el que me había sumido el golpe brutal que supuso la repentina muerte de Diego. Mis esquemas vitales estallaron en un amasijo de interrogantes sin respuesta. Quería creer a quienes aseguraban que había salida, pero por entonces,  no podía concebir tal posibilidad, ni tan siquiera imaginarla. Fue mi instinto, mi cuerpo, mi alma o mi ser el que tomó las riendas, fue el que tiró de mí hacia adelante. Y yo, me dejé llevar. Aposté por mí, por los míos y por la vida. Recibí un inapreciable apoyo profesional durante varios meses, dónde me ayudaron a detectar, estimular y potenciar mis propios recursos. Donde aprendí que nadie podía recorrer este camino por mí. Ni empujarme. Ni arrastrarme. Aprendí que me tocaba caminar solo, sin más bagaje que el inagotable cariño de los míos y de mi entorno. Sin apenas referencias, pues cada camino interior es único. Pero escogí avanzar. Mantener la fe en mí. Y me lancé a elaborar mi duelo. Y  fue a partir de entonces, con la fuerza y el coraje que me proporcionaron mi rebeldía contra la fatalidad y el compromiso de salir adelante adquirido con Diego. Fue con la fuerza de aquella determinación con la que me sumergí otra vez  en el río de la vida hasta que aprendí a vadearlo de nuevo con soltura.</p>
<p>El duelo por la pérdida de un hijo es un tránsito difícil y complejo; no hay atajos. Duele. Y mucho. No basta decir ojalá. Hay que decidirse. Hace falta determinación, ponerse a ello. Si se elige aceptar y soltar un pasado del todo irrecuperable; si se trabaja duro para elaborarlo, del duelo se sale, el duelo se supera, concluye, se resuelve: el duelo acaba. La recompensa es la vida, esa que tanto nos martiriza que nuestros hijos ausentes se pierdan. Y por nosotros, o por ellos al menos, no debiéramos de cometer la descortesía de, teniéndola, no retomarla y sacarle el máximo provecho.</p>
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		<title>Volver a caminar solos.</title>
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		<pubDate>Sun, 29 Jan 2012 00:05:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pedro Alcalá</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Durante mi tránsito por el duelo, me imagino que al igual que la mayoría de las personas en mi situación, he buscado con avidez a mis pares, a mis referentes; a otras personas que estuvieran pasando o hubieran pasado antes por este trance, esperando hallar las claves que me permitieran reubicarme y comprender el caos emocional en que se había convertido mi mundo interior. Esa afanosa búsqueda, junto a la divulgación de <em>La mujer que me escucha</em> y este blog, han propiciado muchos encuentros que han devenido en un enriquecedor intercambio de impresiones sobre la vivencia de duelo. Encuentros que me han dado la oportunidad de conversar largo y tendido sobre el tema con personas en diferentes circunstancias y etapas del duelo. Una vasta panoplia de experiencias, perspectivas y enfoques diversos, incluso contrapuestos; una madeja de opiniones dispares.</p>
<p>Casi nunca me he apoyado en experiencias ajenas para desarrollar los escritos de esta bitácora, en esencia son fruto de mi recorrido exploratorio (rara vez lo son también del de mi esposa o mi hijo). Este era y sigue siendo mi propósito, plasmar mi andadura por el duelo en primera persona, rigurosamente tamizado por mi compromiso personal de que todo cuanto aquí vierto responde a mi realidad. O al menos al modo en que la percibo: hallazgos y desaciertos; fortalezas y debilidades; esperanzas y decepciones. Sin pretender en ningún caso generalizar ni mostrar un patrón universal para la vivencia de un duelo.</p>
<p>Sin embargo, en este punto de mi recorrido, cuando me atrevo a afirmar abiertamente que doy por “resuelto mi duelo”, considero que merece la pena compartir algunos aspectos de la visión general que me ha proporcionado ese acercamiento a otras maneras de afrontarlo. Siempre, por supuesto, desde la modesta y subjetiva visión de un padre vívidamente consciente de que ha perdido a su hijo, desde el punto de vista del observador interno que soy y que ha ido configurando su opinión personal sobre el tema. No facultativa.</p>
<p>En este sentido, primero debo aclarar que al hablar de “duelo resuelto” me refiero a que hoy puedo desenvolverme en la vida de una forma imposible e impensable al principio, cuando el dolor, la rabia y la desorientación, omnipresentes, me mantenían varado e incapaz. Me refiero a que hoy puedo recordar a Diego generalmente sin que me duela; a que puedo trabajar, estudiar, planificar, participar, divertirme, ilusionarme y compartir con suficiente concentración, dedicación y solvencia; a que he aprendido a vivir con Diego de otra manera; a que he dejado de intentar recuperar un pasado imposible de rescatar; a que he aceptado, por tanto, que esta realidad que me ha tocado vivir, por poco que me gusta, es irreversible. Y no es resignación, es realismo. Me refiero a que mi vida vuelve a tener sentido; a que no necesito señales del más allá para vivir sin Diego físicamente presente; a que he reconquistado lugares, actividades, aficiones e ilusiones que antes compartía con Diego sin que me sienta culpable por ello; a que afronto con serenidad cada nuevo repunte de dolor; a que sigo amando a Diego tanto como le amaba; tanto como amo a Jorge y a Teresa. Me refiero a que a pesar de que ya nunca más seré el mismo; a que a pesar de que soy consciente de que todavía me quedan por enfrentar situaciones irritantes y dolorosas me siento vivo, con ganas de vivir y en serena conexión con Diego. Sin misticismos.</p>
<p>Hecha esta aclaración, retomo aquella idea global sobre el duelo de la que hablo al principio y, por simplificar y resumir, me limitaré a enumerar algunos aspectos que considero claves en la resolución de mi duelo.</p>
<p>Esta última semana, por tercera vez sin Diego, he estado en familia de vacaciones en la nieve. Y esta vez hemos disfrutado de verdad. Lo cual tiene el doble valor del disfrute en sí mismo y de comprobar en primera persona que es cierto que, sí así se quiere y así se busca, gradualmente, se va recuperando la capacidad natural para saborear la vida y una estima espontánea por las cosas normales.</p>
<p>Qué duda cabe que ello ha sido debido al empeño y al esfuerzo sostenido en el tiempo de enfrentarnos una y otra vez a este tipo de situaciones. Situaciones que tanto nos dolieron los dos primeros años. El esfuerzo de afrontarlas a pesar de que la ausencia de Diego era entonces extremadamente dolorosa. Y la recompensa ha sido que este año, contra todo pronóstico, salvo esos momentos en que preparar el equipaje y regresar a casa se nos hacen siempre extraños y especialmente duros, la recompensa ha sido que el resto, aún impregnado por el recuerdo triste y amable de Diego, ha resultado sereno. Incluso divertido a ratos. Y eso no me resta nada del amor ni del espacio que guardo en mi corazón para Diego. No me produce sentimiento alguno de culpa, sino de satisfacción. Este logro no me hace incompatible como padre, más bien al contrario, me siento más cerca de cumplir mi inviolable compromiso con Diego: conquistar una nueva normalidad. Aprender a vivir sin él. Recordarle sin dolor.</p>
<p>Sé que mucho han tenido que ver en esto mis amigos de siempre. Al principio fue duro enfrentarme, “mutilado”, a sus vidas &#8220;completas&#8221;, pero a fuerza de hacerlo, tengo la recompensa de su compañía y de la de sus hijos, a los cuales hoy saludo, beso, abrazo y charlo con ellos sin que supongan para mí una evidencia dolorosa de que Diego no está. Puedo quererles sin que me duela.</p>
<p>El hecho de recuperar lugares comunes, aficiones, relaciones y actividades que antes disfrutaba con Diego sin que me produzcan sufrimiento, me llena de optimismo hacia el futuro. Me hace reafirmarme en mi convicción de que del duelo se sale queriendo salir. Y que una vez que se ha transitado por las etapas necesarias y que se ha llorado y rabiado cuanto ha tocado llorar y rabiar, toca reengancharse a la vida que desprenden los &#8220;no afligidos&#8221;, mantener por supuesto las nuevas amistades que se han ganado entre los dolientes, pero no rehuir la compañía de los que algunos han venido a llamar &#8220;los normales de vida completa&#8221;, pues en ellos está el enlace con la auténtica vida. Y aunque a veces nos parezca que no nos comprenden, están deseando hacerlo. Y lo harán a nada que nos expliquemos. Pongámonos en su lugar: ni habitan en nosotros ni están obligados a nada, salvo a querernos (nuestra pérdida es nuestra). Nos debería de bastar con el calor de su afecto para sentirnos reconfortados.</p>
<p>El proceso de duelo por la pérdida de un hijo es tremendamente duro y largo, que no se engañe nadie. Pero creo que llegado un momento, y ahí está la clave, tenemos que ir abandonando paulatinamente el círculo del dolor. Las terapias de duelo deberían tener siempre una duración limitada, la justa para mantenernos a flote durante la fase más dura y desconcertante del duelo. El tiempo necesario para volver a aprender a gestionar nuestras emociones y enfrentar el dolor. Las terapias son unas muletas, pero no un nuevo modo de vida. Los recursos necesarios para resolver un duelo habitan exclusivamente dentro de nosotros, por lo que llegado ese momento, una vez detectados estos y reorganizado mínimamente nuestro mundo interior, toca dejarlas y aprender a caminar de nuevo a solas, hacer caso a nuestro instinto, y dejarlas antes de que nos creen dependencia. La verdadera vida está fuera de ellas y ese es precisamente su objetivo y razón de ser: que salgamos a la vida, que nos reencontremos con ella. Vencer el miedo al dolor y al vértigo y lanzarse al vacío para descubrir que no te hundes, sino que, vacilante al inicio, pero flotas. Llega un momento en el que hay que dejar de remover en los mismos lodos para no llegar a nada, si no es para depurarlos. Soltar y apegarse a las cosas normales de la vida, impregnarse de ella. En esto ha consistido mí auténtico método para recobrar la fuerza y el buen ánimo. Lo contrario podría haber supuesto perpetuar mi duelo.</p>
<p>En cierta ocasión me dijeron: quienes hemos perdido a un hijo somos unos desgraciados. Automáticamente, porque así lo siento, repliqué que no lo considero así. Me he sentido muy desgraciado con la muerte de Diego, eso es cierto. Pero no lo soy. Sigo teniendo la fortuna de tener a Jorge, a Teresa, a mi familia, a mis amigos, mi trabajo…en este sentido me siento afortunado. Ser, es una cualidad inalterable, inherente. Sentir, es una emoción, todo lo más un estado de ánimo que admite cambios. Si fuera un desgraciado, estaría perdido, pero si lo que sucede es que me siento desgraciado…Cada vez creo más en el beneficio del pensamiento positivo. Incluso en el efecto positivo o negativo que tiene sobre nuestro ánimo o nuestra percepción aquello que verbalizamos. Transcurrido el tiempo necesario para nuestro desahogo, llega un momento en que los suspiros lastimeros y los lamentos no arreglan nada, pero sí que nos arrastran al fondo oscuro del pesar. Mientras que construir una sonrisa, aunque sea a base de esfuerzo, y formar parte de un encuentro agradable, enriquecedor, te eleva y te hace sentir vital. Ninguna de las dos posturas me devuelve a Diego, pero la segunda me permite percibirle sin la perturbación del dolor ni el desánimo.</p>
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		<title>Del duelo se sale.</title>
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		<pubDate>Sun, 08 Jan 2012 18:44:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pedro Alcalá</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La euforia contenida en mi última entrada demanda una explicación. Esa euforia, plasmada de forma pretendida y modestamente literaria, casi poética, era la búsqueda de la expresión de un sentimiento abstracto, no obedecía a un impulso espontáneo de creatividad, respondía a una emoción auténtica; a un hallazgo importante para mí, a un descubrimiento fundamentado &#8230; <a href="http://www.fundacionmlc.org/pedroalcala/?p=4449">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;"><span style="color: #000000;">La euforia contenida en mi última entrada demanda una explicación. Esa euforia, plasmada de forma pretendida y modestamente literaria, casi poética, era la búsqueda de la expresión de un sentimiento abstracto, no obedecía a un impulso espontáneo de creatividad, respondía a una emoción auténtica; a un hallazgo importante para mí, a un descubrimiento fundamentado en mi propia percepción, pero también a una conclusión contrastada con Teresa, madre de Diego, y con Jorge, hermano de Diego. Juntos, hemos llegado a la irrevocable convicción de que del &#8220;duelo se sale&#8221;. </span></span></span>  </p>
<p><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">Estas Navidades han resultado, de nuevo, una dura prueba. A uno le duele siempre el presente de forma predominante, enmascarando el recuerdo de otras angustias pasadas. Y una vez sosegados los sentimientos más inmediatos, apenas hemos tomado un poco de distancia, es inevitable que queden de manifiesto, por comparación, las distintas intensidades de cada etapa. El primer año estuvo dominado por una angustia atroz que oprimía la garganta y que apenas nos permitía respirar: dolor físico en el pecho y desesperanza en el alma; un extenuante ejercicio de esfuerzo sin un propósito claro, tan sólo soportable bajo el bálsamo del cariño de los nuestros. El segundo año lloré desconsolado y grité de rabia y más rabia durante varios días a solas frente al árbol de Papá; era plenamente consciente de que no había modo alguno de dar marcha atrás, me sentí solo, pero no era verdad que así fuera. Después socialicé con solvencia y una vez más me dejé arropar de cariño y me hizo mucho bien. Este año, en cambio, las navidades comenzaron pasando casi desapercibidas, pero inevitablemente, el bombardeo incesante de evocaciones a las ausencias acabó por desarmarme las defensas. Y me sentí otra vez desamparado y olvidado, muy solo; como si lo nuestro fuera ya cosa del pasado para el resto del mundo. Y otra vez sentí la rabia y una gran desolación durante unos días. Pero una vez más mi percepción erraba, los que nos quieren seguían allí, como siempre, a la espera de una indicación para abalanzarse en nuestra ayuda. Podríamos haber huído, pero no quisimos, preferimos estar con los nuestros: saben decir &#8220;me acuerdo&#8221; y &#8220;te quiero&#8221; como nadie mediante pequeños silencios y gestos. Estas últimas Navidades han tenido mucho de esto y han tenido otro tanto de dolor y añoranza, pero también altas dosis de serenidad. Nuestro temido día de Reyes, el más temido, estuvo impregnado, aunque triste, de una calma interior imposible de imaginar en años anteriores.</span></span>   </p>
<p><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">Teresa, madre de Diego, Jorge, hermano de Diego y yo, padre de Diego, estamos convencidos de que &#8220;del duelo se sale&#8221;. Cuenten lo que cuenten algunos en contra, lo cierto es que no somos los menos sino la mayoría: es lo más natural. Hay que querer, por supuesto. Es tremendamente duro. Es una decisión personal. Nadie puede hacerlo por nosotros. Implica aceptar que la realidad es la que es y que no se puede cambiar. Supone soltar aquel pasado idilico que por más que añoremos no volverá. Aferrarse a él implicaría sufrimiento estéril. Aceptarlo, en cambio, nos trae la recompensa de la serenidad, de poder convivir con la hermosa riqueza de nuestros mejores recuerdos sin el embozo del dolor. Y eso, aunque no nos permita recuperar físicamente a nuestros ausentes, por si solo, hace que el esfuerzo merezca la pena.</span></span>  </p>
<p><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">Admito que hay circunstancias, disposiciones personales, elecciones y creencias que puedan bloquear el proceso de duelo, retardarlo o evitar que se llegue a este estado del que hablo. Pero sabed que es cierto que con determinación y esfuerzo, trás un largo y doloroso proceso (el dolor es inevitable escojamos el camino que escojamos), &#8220;del duelo se sale&#8221;.</span></span>   </p>
<p><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">De todo esto he hablado en otras ocasiones, la clave está en atender exclusivamente aquello que realmente nos pide el cuerpo, el alma, el espíritu, el corazón o allá dónde cada cual entendamos que radica la esencia de nuestro ser, así sentiremos como, con claridad, este nos empuja instintivamente a reconciliarnos con la vida. ¡Con que fuerza nos pide trascender! Por imposible que pueda parecernos al principio, si nos lo proponemos y nos abrimos al dictado de nuestro corazón, obviando condicionantes sociales, creencias limitantes o culpas irracionales, así sucede.</span></span>  </p>
<p><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">Pero si por lo que fuere encuentramos dificultades en el camino para avanzar, hay que tener la humildad y la responsabilidad de pedir ayuda profesional. Nosotros así lo hicímos. A menudo este es un trago demasiado duro como para digerirlo sin ayuda.</span></span>  </p>
<p><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">Ahora a Teresa, madre de Diego, a Jorge, hermano de Diego, y a mí, padre de Diego, nos espera un camino de altibajos y repuntes con el recuerdo de Diego omnipresente: porque salir del duelo no significa en absoluto olvidar; no lo queremos así, sino recordar sin dolor. Supone reconectar con la vida y con los vivos: los amigos de siempre nos esperan y nos contagian de vida. Hoy podemos darnos cuenta, sin la distorsión que da la pena, de la inmensa suerte que hemos tenido con nuestros familiares, compañeros y amigos. Nuestro circulo de relaciones se ha ampliado desde la muerte de Diego y se han estrechado aún más los lazos con los de siempre. La verdad es que no sé muy bien si es porque nos comprenden o bien porque hemos aprendido a valorar más las intenciones que el resultado. Eso carece de importancia. Puede que algo haya tenido que ver nuestro esfuerzo por hacerles entender de que modo nos sentimos y qué es lo que esperamos de ellos en cada momento. A ellos, tan inexpertos en esto del duelo y del consuelo como nosotros, pero tan bien dispuestos y generosos.</span></span>  </p>
<p><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">Decía en mi entrada anterior que esta emoción es la buena. Y lo es. La serenidad es imposible sin aceptación. La serenidad es imposible sin dejar de pelearse con una realidad inmutable. Esta serenidad no es posible sin soltar el pasado. Sin esta serenidad no podría sentir sin perturbaciones la presencia de Diego. Y confieso que jamás pensé que diría algo parecido. Cada vez que leía aseveraciones similares las consideraba consuelos placebo, ilusas engañifas para el alma. Pero hoy que siento esa misma emoción en mí, resulta clara y nítida. No la hubiera elegido por nada del mundo, por supuesto, preferiría tener a Diego. Pero ahora que he aceptado que ya no está ni estará en este mundo, un sentimiento de conexión y complicidad me llena y apacigua. Es cuanto la aceptación de la realidad conlleva, el tesoro escondido: esta quietud.</span></span>  </p>
<p><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">Todo esto, dicho desde el corazón de un tipo como yo: racional y poco espiritual; alejado a paso y medio de la mística.</span></span>  </p>
<p> <span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">Tampoco pensé que algún día admitiría que pudiera haber un aprendizaje o crecimiento personal durante el duelo, pero esa ya es otra historia&#8230;</span></span>  </p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="margin-bottom: 0cm;"><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;"><a href="http://www.fundacionmlc.org/pedroalcala/wp-content/uploads/2012/01/Diego-camara-518.jpg"><img class="alignleft size-large wp-image-4581" title="Diego, Las Médulas" src="http://www.fundacionmlc.org/pedroalcala/wp-content/uploads/2012/01/Diego-camara-518-1024x768.jpg" alt="" width="640" height="480" /></a></span></span>  </p>
<p style="margin-bottom: 0cm;"><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;"> </span></span>  </p>
<p style="margin-bottom: 0cm;">   </p>
<p style="margin-bottom: 0cm;"> </p>
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		<title>El regalo de Reyes.</title>
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		<pubDate>Fri, 06 Jan 2012 20:25:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pedro Alcalá</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Día de Reyes]]></category>
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		<description><![CDATA[Escribía esta mañana: Hace un día soleado, precioso, en Madrid. Entra algo de viento frío por la ventana entreabierta y ese contraste me hace sentir vivo. Me agrada mucho a pesar de que cuando arrecia el caudal de esas intermitentes rachas sutiles, pero cortantes, me producen &#8230; <a href="http://www.fundacionmlc.org/pedroalcala/?p=4392">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><span style="color: #000000;"><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">Escribía esta mañana:</span></span></span></p>
<p style="margin-bottom: 0cm;"><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">Hace un día soleado, precioso, en Madrid. Entra algo de viento frío por la ventana entreabierta y ese contraste me hace sentir vivo. Me agrada mucho a pesar de que cuando arrecia el caudal de esas intermitentes rachas sutiles, pero cortantes, me producen algunos respingos. Pero no voy a levantarme a cerrar la ventana. Es un viento que habla. Mientras escribo, escucho la música que nos han traído los Reyes, melodías nuevas, inspiradoras. También distingo el trasteo lejano de Jorge en su habitación con la guitarra nueva, ajeno a la música que suena en el equipo y que no le incomoda. Tampoco a mí me molesta el ritmo disonante de sus evoluciones musicales. El eco de su sonrisa sincera al abrir su regalo tintinea aún en mi retina. Los Reyes nos han traído regalos, lo sabía, estaba seguro de ello; nos hemos portado bien, los tres. Y nos han correspondido. Pero la que sí que no me esperaba era esta hermosa sorpresa, ni su enorme alcance: la consciente serenidad y armonía con que los tres estamos viviendo la ausencia de nuestro querido Diego; su ausencia en los que fueran la noche y el día más especiales para él. Serenos sobre la base de todos los esfuerzos titánicos realizados hasta hoy.  Seguros de que este es su regalo y de que también es, para él, el nuestro. </span></span> </p>
<p style="margin-bottom: 0cm;"><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">Así es como viví esos primeros instantes de la mañana, tras abrir los regalos. Pero temía que más tarde, cuando al pisar la calle y me alcanzase el olor a roscón; el ruido a patines y bicicletas; la irradiante ilusión de niños abducidos por la magia de sus juguetes nuevos; cuando la calle se llenase de bufandas, jerséis y parcas nuevas de colores imposibles; del inconfundible aroma a he querido agradarte y hacerte feliz que desprenden las mañanas de Reyes, temía que se me viniera el mundo abajo. Pero eso tampoco ha ocurrido.</span></span> </p>
<p style="margin-bottom: 0cm;"><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">Hemos paseado después por el campo para sortear el alboroto de los niños. Por debajo de la piel y por detrás de los ojos ha discurrido terca la tristeza, apaciguada por nuestro obstinado afán de quietud, pero latente. Nada que ver con la angustia lacerante de años anteriores. Ya de vuelta en casa, mientras escribo de nuevo, Jorge sigue explorando arpegios con la guitarra; acordes y melodías que también hablan: como el viento racheado de la mañana me impregnan de recuerdos hermosos y de sensaciones cercanas y cálidas sobre Diego; esos mismos efectos que Jorge anda buscando inconsciente, o no tanto, con su jugueteo despreocupado entre las cuerdas. Hemos paseado por el campo, decía, serenos, digo: sin ese dolor atravesado en la garganta y en el envés de los párpados de años anteriores. Y sin ese dolor que lo enmascaraba todo, casi hasta el amor, sin ese dolor, he sentido con absoluta certeza que Diego está, no sé en qué forma, modo, consistencia, estado, dimensión, lugar, esencia, pero ¡me cachis!, Diego está. Y ¡me cachis! que ahora que alcanzo a percibirlo así, con esta convicción, no atine a explicarlo con toda la contundencia, toda la claridad y toda la fuerza que sustenta esta emoción. </span></span></p>
<p style="margin-bottom: 0cm;"><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">Esta tarde, mientras paseaba junto a Teresa, escribía de urgencia en mi libreta: este crujir de ramas es idéntico, lo es el viento, el susurro de hojas y el aleteo; el gorgoteo del agua sobre las rocas; sobre las mismas rocas cómplices de otras andanzas; es el mismo hálito de bosque antiguo el que me abriga, el que me dice que Diego está. Una vez más el viento racheado, frío y cortante viene a decirme que Diego sigue aquí, aquí. Todo me dice que está aquí, dentro de mí. ¿De qué sino esta quietud nueva en mi alma? Pero, ¡me cachis!, esta debe ser la legendaria maldición de los poetas, su eterna desdicha: percibir certidumbres imposibles de transcribir a palabras. Podéis por tanto imaginar mi impotencia: yo, aspirante a balbucear sensaciones, simple aglutinador de párrafos, no atino a otra cosa que a asegurar que ¡me cachis!, no sé en que forma, pero Diego está aquí, aquí de algún modo, para acompañarnos hasta que consigamos volver a ser felices. Y sé que esta emoción es la buena. Podría incluso llamarla, sin riesgo a equivocarme, serenidad.</span></span></p>
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		<title>Nuestro mejor homenaje.</title>
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		<pubDate>Sat, 31 Dec 2011 17:05:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pedro Alcalá</dc:creator>
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		<description><![CDATA[He de reconocer que estas fiestas me han tocado más hondo de lo que esperaba. He tenidos días negros de dolor seco, desánimo y desesperanza. Pero no creo necesario describir con detalle a qué me refiero. Todo aquel que afronta una pérdida lo sabe. &#8230; <a href="http://www.fundacionmlc.org/pedroalcala/?p=4202">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="mceTemp" style="text-align: justify;">
<div class="mceTemp" style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">He de reconocer que estas fiestas me han tocado más hondo de lo que esperaba. He tenidos días negros de dolor seco, desánimo y desesperanza. Pero no creo necesario describir con detalle a qué me refiero. Todo aquel que afronta una pérdida lo sabe. Lo que deseo compartir es que a pesar de este bajón emocional, a pesar de estos días en los que me he sentido arrastrado hacia el fondo oscuro, sigo creyendo en la recuperación y en la superación de mi duelo. Hoy me siento bien.</span></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">Han sido días dificiles, ¿cómo no iba a echar tanto de menos lo que me ha tocado echar de menos? Pero también ha sido una etapa de profunda reflexión e intensa búsqueda. Inmerso en un cenagal de emociones, durante mi patear y bracear desesperado, casi a ciegas, hacia donde mi instinto me indicaba que estaba el arriba, he aprendido cosas. Este nuevo episodio de angustia ha venido a reafirmar mi pronóstico; me muevo en el contexto de una nueva normalidad: puedo laborar, relacionarme, amar, divertirme, recordar a Diego sin dolor, tener proyectos ilusionantes&#8230;Puedo hacerlo por largos periodos de tiempo, entreverados por otros más esporádicos y cortos de profundo pesar. Pero el resultado, hoy, es de vida. Sé que todavía seguiré así por un buen tiempo, alternando episodios de dolor y normalidad, hasta conseguir drenarlos por completo y aprender a vivir su ausencia &#8211; que no su olvido &#8211; con sostenida serenidad. Así es al menos como ha progresado mi duelo hasta ahora, con altibajos.</span></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">En estos días en los que la desesperación ha tenido un repunte circunstancial, en mi delirante búsqueda de esperanza, una vez más he vuelto a preguntarme qué sería yo capaz de sacrificar por tener a Diego de nuevo conmigo. ¿Aceptaría sentir de por vida este dolor lacerante a cambio de tenerle una vez más a mi lado, de poder verlo crecer feliz? Y no me ha cabido ninguna duda. He fantaseado que con mi dolor y mi desazón a cuestas, siempre presentes, conseguiría mantenerlos en segundo plano, y que a pesar de ellos, reiría y jugaría con él; le seguiría y acompañaría en sus progresos en la vida; compartiría los míos; construiría nuevos sueños; viajaría, trabajaría con ilusión&#8230; Porque la vida estaría llena de sentido. El dolor sería el precio. Su compañía mi recompensa. Me atrevo a vaticinar que pocos o ninguno de nosotros rechazaríamos, de ser posible, esta ilusa oferta.</span></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">Pero aunque se trate de una quimera, en este punto, me cabe una reflexión:</span></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">Diego daba, por si solo, pleno sentido a mi vida.</span></span> <span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">Jorge también. </span></span><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">Teresa también.</span></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">¿La falta de cual de los tres me lo quita?</span></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">¿Cómo se sentirían Jorge y Teresa si les diera a entender que mi vida ha dejado de tener sentido porque no está Diego?</span></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">¿Acaso no aceptaría también por ellos el dolor como bagaje a cambio de mantener y disfrutar de su compañia?</span></span><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;"> </span></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">¡Qué injusta incongruencia sería lo contrario!</span></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">De ahí que desde el principio decidiera enfocarme en ellos y dedicarles toda la fuerza amorosa y capacidad de sacrificio que les tengo reservadas.</span></span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">Diego, en cualquier caso, está y seguirá siempre acompañandonos en nuestros corazones. Y seguro que se alegra de vernos progresar.</span></span></p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://www.fundacionmlc.org/pedroalcala/wp-content/uploads/2011/12/Elarboldelavida12_galeriaBig1.jpg"><span style="color: #0000ff;"><img src="http://www.fundacionmlc.org/pedroalcala/wp-content/uploads/2011/12/Elarboldelavida12_galeriaBig1.jpg" border="1" alt="" width="317" height="451" align="bottom" /></span></a></p>
<pre style="text-align: justify;"> “<span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">El árbol de la vida”, de Terrence Malick. Imagen: fotograma de la película.</span></span></pre>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia, serif;"><span style="font-size: small;">La esperanza en ese anhelado abrazo, el del posible reencuentro con nuestros ausentes, merece toda una vida de amor, esfuerzo y superación. Merece una vida de paciente inmersión en sus enigmas, una vida de dudas y revelaciones. Tan sólo una ínfima posibilidad de reencuentro, hace por si sola que la vida merezca la pena. A pesar de que no estén físicamente aquí para compartirla con nosotros, merece la pena vivirla; exprimirla con sereno deleite hasta la última gota. Merecerá entregársela ese dichoso día como el fruto de nuestra cosecha por el mundo, nuestro homenaje a su memoria, nuestro mejor tributo: el afecto que hemos dado y compartido con cuantos nos rodean.  </span></span></p>
</div>
</div>
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		<title>Los buenos deseos.</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Dec 2011 10:50:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pedro Alcalá</dc:creator>
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		<category><![CDATA[afrontar la muerte de un hijo]]></category>
		<category><![CDATA[Apostar por la vida]]></category>
		<category><![CDATA[Consuelo]]></category>
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		<category><![CDATA[Muerte]]></category>
		<category><![CDATA[Pérdida de un hijo]]></category>
		<category><![CDATA[recordar a nuestros ausentes]]></category>
		<category><![CDATA[Superar una pérdida]]></category>
		<category><![CDATA[Terapia de duelo]]></category>
		<category><![CDATA[Vivir la pérdida]]></category>

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		<description><![CDATA[Inmersos de pleno en la temida Navidad, me doy cuenta de lo complicado e incómodo que nos resulta a todos saludar y despedirnos. Nosotros, los que hemos sufrido una pérdida, porque aún no hemos encontrado la fórmula que se ciña con precisión a nuestro sentimiento &#8230; <a href="http://www.fundacionmlc.org/pedroalcala/?p=4054">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Inmersos de pleno en la temida Navidad, me doy cuenta de lo complicado e incómodo que nos resulta a todos saludar y despedirnos. Nosotros, los que hemos sufrido una pérdida, porque aún no hemos encontrado la fórmula que se ciña con precisión a nuestro sentimiento de mutilados en regeneración o de descorazonados en busca de esperanza. Y ellos, los que nos quieren y mantienen la sensibilidad afinada y alerta, porque no saben a que atenerse para confortarnos o evitar herir la nuestra . Ni los unos ni los otros sabemos qué decir. Por lo que normalmente, ambos, obviamos las fórmulas clásicas, las frases hechas, que parecen haberse vuelto inadecuadas para nuestras circunstancias, y nos limitamos a intercambiar resignados y ambiguos mensajes de ánimo, abrazos y silencios. No siempre cómodos.</p>
<p>Ante esta embarazosa tesitura, me pregunto sorprendido qué esconde realmente esta falta de recursos para resolver una situación tan común. Transcurrida toda una humanidad de pérdidas y duelos; tras una extensa y exitosa historia de sensibilidad humana, tan propensa a instituir ritos, protocolos y gestos que nos faciliten los trámites comprometidos, me sorprende, digo, que todavía no hayamos dado con la fórmula. Y llego a la triste conclusión de que la Navidad social (la religiosa, no tanto), no quiere saber nada de duelos; la Navidad social, en su afán por idealizar el mundo durante unos pocos días y articular su refulgente burbuja de felicidad, unión y buenos sentimientos, nos excluye e ignora: somos la evidencia más evidente de que el dolor existe, y este no puede tener cabida en un mundo feliz. La Navidad social se convirtió hace tiempo en un impostado intento de devolvernos, complices, al idealizado mundo de la infancia, donde tan sólo la magia y los sueños bonitos serian posibles. Por ello nosotros no tenemos cabida en ella. Por ello, y porque el duelo no vende, no podemos esperar compasión, sensibilidad o empatía en sus mensajes publicitarios. Simplemente, mejor, no estamos. Y si queremos estar, tendremos que adaptarnos. Tragar bilis, sonreír y tratar de engancharnos por unos días al tren de esa quimérica felicidad.</p>
<p>Por eso nos hacen tanto daño estas fechas; porque además de que inciden directamente en las emociones, resaltando con persistencia nuestras ausencias, nos sentimos, sin embargo, excluidos e incomprendidos.</p>
<p>Pero quien más y quien menos de nosotros sabemos que no podemos exigiros comprensión, pues ni nosotros mismos somos capaces de entendernos, de saber realmente lo que queremos. Es por ello que, en vez de rumiar en solitario mi silenciosa pesadumbre, y que vosotros os quedéis con esa permanente duda de si aún queriendo, ¿lo estaréis haciendo bien?,  trataré de explicaros en pocos trazos el modo en que nos sentimos las personas en duelo.</p>
<p>Tardaremos mucho tiempo en recomponer un equilibrio interior que nos haga menos volubles. Y necesitaremos para ello más escucha de la que somos capaces de admitir y pedir.</p>
<p>Aunque con el tiempo vayamos aparentando normalidad, seguiremos siendo muy sensibles, y agradecidos, por tanto, a vuestros pequeños gestos de cariño y de recuerdo. Aunque a veces nos cueste mucho corresponderlos.</p>
<p>Necesitamos con frecuencia del consuelo de la compañía, pero que a nadie le extrañe si de repente sentimos la necesidad de aislarnos y escapar; todavía estamos aprendiendo a surfear sobre la normalidad para ganar espacios a la alegría, y eso agota.</p>
<p>Hay días en los que de repente nos sentimos invadidos por una rabia profunda. Pero no somos capaces de anticiparlo ni preverlo.</p>
<p>Puede que hoy queramos asir vuestra mano y que mañana la rechacemos. Por favor, que nadie se ofenda; es nuestro inestable mundo interior el que nos vuelve volátiles e inconstantes. Pero no dudéis que valoramos enormemente vuestro estar siempre ahí, con la mano tendida.</p>
<p>Comprended que no siempre nos entusiasmemos con los éxitos de vuestros hijos o que no siempre mostremos alarma y adhesión con sus contratiempos de vida. Todavía necesitamos tiempo para procesar la herida mortal que nos dejó el nuestro.</p>
<p>No nos digáis que a partir de nuestra pérdida habéis aprendido a valorar más vuestra vida, no nos consuela su utilidad, simplemente nos hace sentir mal.</p>
<p>No nos digáis que somos valientes, ni héroes.  Si hubiéramos podido huir cobardemente con nuestro hijo a salvo, lo hubiéramos hecho sin dudarlo. Estamos aquí, peleando, pero no como héroes sino como gladiadores; porque no tenemos más remedio. Lo nuestro es más un hacer de tripas corazón que gallardía.</p>
<p>Cuando decís: &#8220;¡Qué fuertes! yo en tu caso me hubiera muerto&#8221;, no nos reconforta, muy al contrario, nos hace preguntarnos con pesar qué clase de padres somos nosotros que no nos hemos muerto.</p>
<p>A veces, tendemos a categorizar el dolor, a compararlo. Y es que para nosotros, como para cualquiera, nuestro dolor es el más grande, único.</p>
<p>Cada vez nos gusta más hablar de nuestro hijo ausente. Y más aún oírlo de vuestra boca. Vuestros recuerdos complementan los nuestros y los enriquecen. Nos consuela saber que Diego aún habita en vosotros, que también os acordáis de él y le echáis de menos.</p>
<p>Aunque a veces somos capaces de reir con ganas, detrás de cada sonrisa, siempre, disimulados, se esconden un suspiro, una dedicatoria o un &#8220;hijo mío, si tú estuvieras aquí&#8230;&#8221;</p>
<p>Por más tiempo que haya pasado; por más que hayamos aceptado las reglas de la vida y de la muerte; por más que hayamos buscado el consuelo en la unión espiritual con nuestros ausentes, puede que con frecuencia siga doliéndonos su ausencia física. </p>
<p>Cuando hablamos de superar su pérdida, hablamos de reengancharnos a la vida y a la normalidad: a convivir sin dolor con su ausencia, pero olvidar; lo que es olvidar, nunca.</p>
<p>Puede que hayamos perdido la fe en los grandes dioses, pero podemos creer a fe ciega en la magia del aleteo anómalo de un gorrión común en el lugar en que un día depositamos sus cenizas.</p>
<p>Cuando buscamos la soledad y el retiro, no es que estemos sufriendo un retroceso, que ello no os cree alarma, es que necesitamos un lugar, un silencio y un tiempo para reacomodar nuestros equilibrios internos.</p>
<p>El hecho de que nos veáis hacer vida normal y de que cada vez hablemos menos de lo nuestro, no implica que nuestro duelo esté del todo superado, aún podemos necesitar supurar y drenar algunos dolores enquistados.</p>
<p>Si hay días en que de nuevo nos veis caminar con los hombros encorvados, la cabeza gacha y el rostro afligido, no significa que nos hayamos rendido, es pura cuestion de ergonomía, así es como soportan mejor los porteadores el peso de su carga.</p>
<p>Otras veces, en cambio, si nos véis alegres y erguidos, no es que nuestra carga se haya por fin difuminado, puede que, gracias a quien nos conceda las gracias, se nos haya otorgado una tregua, y esa permanente carga, se haya vuelto temporalmente liviana y, levitando, nos acompaña suspendida sobre el  hombro de tal modo que hasta parece que nos ilumina.</p>
<p>Y si bien constantemente hablo de mi busqueda de superación, normalidad, serenidad y felicidad, francamente, esos son mis objetivos, no mis logros definitivos. Lo serán pronto porque son mi compromiso con Diego; al que no puedo fallar. Pero, aunque es cierto que me siento muy próximo, sé que aún me queda un buen trecho por andar. Trecho que con la ayuda de cuantos bien me quieren cubriré.</p>
<p>Tras este necesario intento de acercamiento y comprensión, retomo el tema de los saludos en Navidad. Llevo casi tres años participando de este incómodo ritual. Y lo he hecho porque yo tampoco encontraba el formato que se ajustase a mi sentir. Pero hoy, en cambio, día de muchas despedidas, felicitaciones y buenos deseos, probablemente también porque ha llegado el momento, mi momento, llego a la conclusión de que nada puede haber de malo en desear felicidad. Tenga el sentido que tenga para nosotros la Navidad, incluso aunque nos duela como nos duele porque viene a resaltar nuestras ausencias, incluso porque podamos sentirnos ajenos a tal posibilidad, incluso porque queramos lícitamente mantener gestos y signos externos que muestren al mundo que seguimos en duelo, que tenemos un dolor inseparable de nuestro ánimo y que no conseguimos o queremos enmascararlo. Incluso así, hoy me he reconciliado con la naturalidad. ¿Por qué no ofrecer buenos deseos a quienes amamos? ¿Por qué poner trabas a que nos los ofrezcan? Sintamos lo que sintamos, los buenos deseos, buenos son.</p>
<p>Dicho esto, para estas fechas y fiestas, como para cualquier otras: !Vayan para todos mis mejores deseos de felicidad!</p>
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