«Son muchas las personas que han experimentado momentos de duelo. Pero pocas las que se han atrevido a escribir un libro sobre esa vivencia y ninguna la que ha difundido un testimonio tan valiente y sincero, que reafirma la inmensa capacidad de recuperación del ser humano.»

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Publicado el por Pedro Alcalá

Durante mi tránsito por el duelo, me imagino que al igual que la mayoría de las personas en mi situación, he buscado con avidez a mis pares, a mis referentes; a otras personas que estuvieran pasando o hubieran pasado antes por este trance, esperando hallar las claves que me permitieran reubicarme y comprender el caos emocional en que se había convertido mi mundo interior. Esa afanosa búsqueda, junto a la divulgación de La mujer que me escucha y este blog, han propiciado muchos encuentros que han devenido en un enriquecedor intercambio de impresiones sobre la vivencia de duelo. Encuentros que me han dado la oportunidad de conversar largo y tendido sobre el tema con personas en diferentes circunstancias y etapas del duelo. Una vasta panoplia de experiencias, perspectivas y enfoques diversos, incluso contrapuestos; una madeja de opiniones dispares.

Casi nunca me he apoyado en experiencias ajenas para desarrollar los escritos de esta bitácora, en esencia son fruto de mi recorrido exploratorio (rara vez lo son también del de mi esposa o mi hijo). Este era y sigue siendo mi propósito, plasmar mi andadura por el duelo en primera persona, rigurosamente tamizado por mi compromiso personal de que todo cuanto aquí vierto responde a mi realidad. O al menos al modo en que la percibo: hallazgos y desaciertos; fortalezas y debilidades; esperanzas y decepciones. Sin pretender en ningún caso generalizar ni mostrar un patrón universal para la vivencia de un duelo.

Sin embargo, en este punto de mi recorrido, cuando me atrevo a afirmar abiertamente que doy por “resuelto mi duelo”, considero que merece la pena compartir algunos aspectos de la visión general que me ha proporcionado ese acercamiento a otras maneras de afrontarlo. Siempre, por supuesto, desde la modesta y subjetiva visión de un padre vívidamente consciente de que ha perdido a su hijo, desde el punto de vista del observador interno que soy y que ha ido configurando su opinión personal sobre el tema. No facultativa.

En este sentido, primero debo aclarar que al hablar de “duelo resuelto” me refiero a que hoy puedo desenvolverme en la vida de una forma imposible e impensable al principio, cuando el dolor, la rabia y la desorientación, omnipresentes, me mantenían varado e incapaz. Me refiero a que hoy puedo recordar a Diego generalmente sin que me duela; a que puedo trabajar, estudiar, planificar, participar, divertirme, ilusionarme y compartir con suficiente concentración, dedicación y solvencia; a que he aprendido a vivir con Diego de otra manera; a que he dejado de intentar recuperar un pasado imposible de rescatar; a que he aceptado, por tanto, que esta realidad que me ha tocado vivir, por poco que me gusta, es irreversible. Y no es resignación, es realismo. Me refiero a que mi vida vuelve a tener sentido; a que no necesito señales del más allá para vivir sin Diego físicamente presente; a que he reconquistado lugares, actividades, aficiones e ilusiones que antes compartía con Diego sin que me sienta culpable por ello; a que afronto con serenidad cada nuevo repunte de dolor; a que sigo amando a Diego tanto como le amaba; tanto como amo a Jorge y a Teresa. Me refiero a que a pesar de que ya nunca más seré el mismo; a que a pesar de que soy consciente de que todavía me quedan por enfrentar situaciones irritantes y dolorosas me siento vivo, con ganas de vivir y en serena conexión con Diego. Sin misticismos.

Hecha esta aclaración, retomo aquella idea global sobre el duelo de la que hablo al principio y, por simplificar y resumir, me limitaré a enumerar algunos aspectos que considero claves en la resolución de mi duelo.

Esta última semana, por tercera vez sin Diego, he estado en familia de vacaciones en la nieve. Y esta vez hemos disfrutado de verdad. Lo cual tiene el doble valor del disfrute en sí mismo y de comprobar en primera persona que es cierto que, sí así se quiere y así se busca, gradualmente, se va recuperando la capacidad natural para saborear la vida y una estima espontánea por las cosas normales.

Qué duda cabe que ello ha sido debido al empeño y al esfuerzo sostenido en el tiempo de enfrentarnos una y otra vez a este tipo de situaciones. Situaciones que tanto nos dolieron los dos primeros años. El esfuerzo de afrontarlas a pesar de que la ausencia de Diego era entonces extremadamente dolorosa. Y la recompensa ha sido que este año, contra todo pronóstico, salvo esos momentos en que preparar el equipaje y regresar a casa se nos hacen siempre extraños y especialmente duros, la recompensa ha sido que el resto, aún impregnado por el recuerdo triste y amable de Diego, ha resultado sereno. Incluso divertido a ratos. Y eso no me resta nada del amor ni del espacio que guardo en mi corazón para Diego. No me produce sentimiento alguno de culpa, sino de satisfacción. Este logro no me hace incompatible como padre, más bien al contrario, me siento más cerca de cumplir mi inviolable compromiso con Diego: conquistar una nueva normalidad. Aprender a vivir sin él. Recordarle sin dolor.

Sé que mucho han tenido que ver en esto mis amigos de siempre. Al principio fue duro enfrentarme, “mutilado”, a sus vidas “completas”, pero a fuerza de hacerlo, tengo la recompensa de su compañía y de la de sus hijos, a los cuales hoy saludo, beso, abrazo y charlo con ellos sin que supongan para mí una evidencia dolorosa de que Diego no está. Puedo quererles sin que me duela.

El hecho de recuperar lugares comunes, aficiones, relaciones y actividades que antes disfrutaba con Diego sin que me produzcan sufrimiento, me llena de optimismo hacia el futuro. Me hace reafirmarme en mi convicción de que del duelo se sale queriendo salir. Y que una vez que se ha transitado por las etapas necesarias y que se ha llorado y rabiado cuanto ha tocado llorar y rabiar, toca reengancharse a la vida que desprenden los “no afligidos”, mantener por supuesto las nuevas amistades que se han ganado entre los dolientes, pero no rehuir la compañía de los que algunos han venido a llamar “los normales de vida completa”, pues en ellos está el enlace con la auténtica vida. Y aunque a veces nos parezca que no nos comprenden, están deseando hacerlo. Y lo harán a nada que nos expliquemos. Pongámonos en su lugar: ni habitan en nosotros ni están obligados a nada, salvo a querernos (nuestra pérdida es nuestra). Nos debería de bastar con el calor de su afecto para sentirnos reconfortados.

El proceso de duelo por la pérdida de un hijo es tremendamente duro y largo, que no se engañe nadie. Pero creo que llegado un momento, y ahí está la clave, tenemos que ir abandonando paulatinamente el círculo del dolor. Las terapias de duelo deberían tener siempre una duración limitada, la justa para mantenernos a flote durante la fase más dura y desconcertante del duelo. El tiempo necesario para volver a aprender a gestionar nuestras emociones y enfrentar el dolor. Las terapias son unas muletas, pero no un nuevo modo de vida. Los recursos necesarios para resolver un duelo habitan exclusivamente dentro de nosotros, por lo que llegado ese momento, una vez detectados estos y reorganizado mínimamente nuestro mundo interior, toca dejarlas y aprender a caminar de nuevo a solas, hacer caso a nuestro instinto, y dejarlas antes de que nos creen dependencia. La verdadera vida está fuera de ellas y ese es precisamente su objetivo y razón de ser: que salgamos a la vida, que nos reencontremos con ella. Vencer el miedo al dolor y al vértigo y lanzarse al vacío para descubrir que no te hundes, sino que, vacilante al inicio, pero flotas. Llega un momento en el que hay que dejar de remover en los mismos lodos para no llegar a nada, si no es para depurarlos. Soltar y apegarse a las cosas normales de la vida, impregnarse de ella. En esto ha consistido mí auténtico método para recobrar la fuerza y el buen ánimo. Lo contrario podría haber supuesto perpetuar mi duelo.

En cierta ocasión me dijeron: quienes hemos perdido a un hijo somos unos desgraciados. Automáticamente, porque así lo siento, respondí que yo no lo considero así. Me he sentido muy desgraciado con la muerte de Diego, eso es cierto. Pero no lo soy. Sigo teniendo la fortuna de tener a Jorge, a Teresa, a mi familia, a mis amigos, mi trabajo…en este sentido me siento afortunado. Ser, es una cualidad inalterable, inherente. Sentir, es una emoción, todo lo más un estado de ánimo que admite cambios. Si fuera un desgraciado, estaría perdido, pero si lo que sucede es que me siento desgraciado…Cada vez creo más en el beneficio del pensamiento positivo. Incluso en el efecto positivo o negativo que tiene sobre nuestro ánimo o nuestra percepción aquello que verbalizamos. Transcurrido el tiempo necesario para nuestro desahogo, llega un momento en que los suspiros lastimeros y los lamentos no arreglan nada, pero sí que nos arrastran al fondo oscuro del pesar. Mientras que construir una sonrisa, aunque sea a base de esfuerzo, y formar parte de un encuentro agradable, enriquecedor, te eleva y te hace sentir vital. Ninguna de las dos posturas me devuelve a Diego, pero la segunda me permite percibirle sin la perturbación del dolor ni el desánimo.