13 mayo, 2012
El duelo, sobre todo al principio, si tratamos de abarcarlo por entero, de golpe, sentimos que nos sobrepasa; se presenta insuperable ante nuestro ánimo disminuido. Resulta oscuro porque es oscuro; hiriente, desgarrador. Se nos antoja eterno; como bregar en la noche de un mar descomunal de emociones densas como lodos. Cuesta avanzar. No se divisan los márgenes. Te embarga entonces la desesperante sensación de que hagas lo que hagas apenas avanzarás.
Por ello tuve que aprender a enfrentar mi pérdida de a poco a poco. Casi minuto a minuto. Centrado en el presente para no desesperar. Desconocía cuanto pudiera quedarme aún por transitar.
Aprendí que la oscuridad, el dolor, la tristeza y la pena (por entonces inabordables en su conjunto para mí aturdida capacidad de comprensión) había que dejarlos estar, sentir. Pero también intuí que la oscuridad nunca dura para siempre. Supe lo absolutamente necesario que era hablar mucho de esas emociones; expresarlas, sacarlas afuera constantemente; removerlas y aventarlas para separar los pensamientos tóxicos de desánimo y desesperanza de aquel impulso natural interior que me incitaba a reengancharme con la vida. Desechar los primeros y cultivar este último. Persistir día tras día para reacomodar mi mundo interior. Un trabajo personal sordo, muy desagradecido en el corto plazo. Pero que acabaría dando sus frutos. Hasta conducirme hacia la luz de una nueva normalidad.
Es bien conocida la metáfora del bambú; “Hay algo muy curioso que sucede con el bambú japonés y que lo transforma en no apto para impacientes: siembras la semilla, la abonas, y te ocupas de regarla constantemente. Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. En realidad, no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto que, un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas infértiles. Sin embargo, durante el séptimo año, en un período de sólo seis semanas la planta de bambú crece ¡más de 30 metros! ¿Tardó sólo seis semanas en crecer? No, la verdad es que se tomó siete años y seis semanas en desarrollarse. Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitirían sostener el crecimiento”.
Algo similar sucede con nuestro duelo. Aunque no necesitemos ni mucho menos siete años para elaborarlo, sí que se trata también de un proceso largo en el que no valen apremios ni propios ni ajenos. Hace falta paciencia. Es un trabajo diario, de pequeños logros. Consiste esencialmente en centrarse en esos pequeños instantes de optimismo que la vida nos sigue deparando y atesorarlos. Son esos pequeños, diminutos instantes los que nos reenganchan con la vida: un golpe de risa, un paseo al sol, una caricia en la nuca, conquistar una tras otra “primera vez” después de su pérdida, un recuerdo amable de nuestro ausente…Y acopiarlos: dejarlos entrar y acomodarse, rechazar el sentimiento de culpa que a veces conlleva empezar a sentirse bien, y cultivarlos como las pequeñas simientes de reconstrucción que son. Regarlas de determinación y esperanza. Puede que al principio resulten escasas para un corazón abrasado, pero constituyen realmente la base raíz para volver a crecer un día como el bambú.
Hace ya casi un año que escribí: mi natural optimismo me obliga a pensar que si un minuto de felicidad es posible, también lo son dos, tres… y así progresivamente, hasta alcanzar tanta felicidad como la vida admita.
Hoy son ya muchos los minutos, instantes y momentos felices que he vivido a pesar de la ausencia de Diego. Momentos que junto a su recuerdo cada vez más amable y a la íntima e intensa conexión que mantengo con él, han venido a refrendarme en aquel inspirado aforismo.





